Ya casi no nos acordamos, pero no hace tanto tiempo los teléfonos sólo servían para hablar. Hoy hace diez años que el desaparecido Steve Jobs se subió a un escenario para anunciar un dispositivo que es mucho más que un éxito comercial sin precedentes: el iPhone cambió el mundo. Con aquel smartphone de pantalla táctil que ahora nos parece incluso algo tosco, Apple creó una nueva forma de relacionarse con la tecnología, lo que equivale a crear una nueva forma de comunicarse, de acceder al conocimiento y de crearlo, de difundir y recibir cultura e incluso de participar en la vida política.

Parece exagerado, pero es un hecho literal: el iPhone bajó aún más las barreras de acceso a la tecnología; su facilidad de uso y brillante diseño de usabilidad animaron a millones de usuarios a probar todo lo que podía hacerse con aquel dispositivo. El iPhone abrió el camino para el smartphone como producto, que se ha implementado en la sociedad a una velocidad de vértigo. El ordenador personal tardó décadas en volverse una tecnología de consumo estándar, mientras que en apenas cinco años era más habitual ver un teléfono inteligente que uno “normal”. Su éxito permitió que florecieran marcas y terminales en todos los rangos de precio: por primera vez, prácticamente cualquiera puede permitirse las numerosas ventajas tener un pequeño ordenador en el bolsillo.Estamos aún demasiado cerca del hecho histórico para analizar en profundidad su huella en la sociedad, pero no hace falta ser un genio para darse cuenta de su enorme importancia. Se puede argüir que un iPhone (o un smartphone en general) no hace nada que no se pudiera hacer ya con un ordenador u otros dispositivos. La clave no está exactamente en el qué, sino en el cómo: su valor añadido son la interfaz táctil y un gran mimo por el diseño y la facilidad de uso, así como la enorme versatilidad y la inmediatez.

Nadie duda hoy por hoy de que las redes sociales se han convertido en un ágora pública y un factor de cambio. Ni siquiera estamos seguros del todo (sospecho que tardaremos décadas en estarlo) de hasta qué punto nos están cambiando, y deben buena parte de su éxito a la rápida expansión de los smartphones. El chat ya existía, pero llevarlo en el bolsillo constantemente activo con Whatsapp o Telegram ha cambiado la comunicación: anécdotas frívolas aparte, para todos aquellos que estamos lejos son herramientas valiosísimas que nos permiten mantener una vía de contacto abierta con nuestros seres queridos, compartir una foto, un chiste o un simple recuerdo en cualquier momento. Google Maps ha cambiado la forma de movernos. Los traductores instantáneos eliminan las barreras entre lenguas. Las enciclopedias online nos ponen en la mano el mayor repositorio de conocimiento que la humanidad haya conocido jamás. Podemos leer libros o cómics, ver cine, escuchar música, medir ángulos o desniveles, recorrer las calles de Bombay o conocer la gastronomía de las islas Mauricio; y todo en la punta de los dedos. Si no supiéramos (más o menos) cómo funciona, nos parecería pura y simple hechicería.

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En el mundo de los videojuegos, que es lo que nos ocupa en esta casa, el terremoto es de similar o mayor magnitud. Una vez más, no es lo que el iPhone trajo, sino cómo lo hizo: los videojuegos para móviles ya existían desde hacía bastante tiempo, aunque fuera en una forma tan primitiva como la clásica serpiente de Nokia. El asunto es que hasta ese momento, sea por falta de potencia o por falta de inspiración, los móviles estaban tratando de imitar otras plataformas en lugar de crear un lenguaje propio. La pantalla táctil del iPhone fue capaz de resolver ese problema histórico: es una forma de jugar diferente a las demás, incluso distinta de la pantalla táctil de la Nintendo DS, que ya existía entonces; no es lo mismo jugar con el dedo que con un lápiz, y la relación que se establece con el juego es más directa y más instintiva. Recuerdo oírle decir al mismo Shigeru Miyamoto que le habría encantado ser el creador de Angry Birds, probablemente el mejor símbolo de esa primera revolución jugona del iPhone.

Y por si a alguien le parece poco la revolución para el diseño de juego que supuso el control táctil, hay otro logro de igual importancia: la propia App Store. Apple creó toda una serie de estándares para la distribución de software digital, desde los rangos de precios (nos gusten más o menos) a la forma de acceso, de uso y de pago. El mero hecho de lograr convencer a la gente de gastar su dinero con dos toques en una pantalla, por poco que fuera, ya es de una enorme importancia. Y con aquella innovación apareció todo un nuevo mercado que ha generado miles de puestos de trabajo indirectos y nos ha dejado ya un buen puñado de juegos excelentes. Con el paso del tiempo ese nuevo mercado móvil ha producido más cambios y novedades: el modelo de negocio free to play es sólo un ejemplo más.

Para el mundo del videojuego, el iPhone ha supuesto también una revolución social: hasta hace poco el videojuego era una subcultura de nicho; una minoría más o menos grande, pero minoría al fin y al cabo. Hacía falta adquirir aparatos costosos con cierta dificultad de uso (que a nosotros nos parece anecdótica, pero os aseguro que para un neófito no lo es), conocer cierta jerga, estar al tanto de la actualidad… Y de repente, todas esas barreras de acceso saltan por los aires: casi todo el mundo es dueño de una máquina que permite jugar, y casi todo el mundo se echa una partida de vez en cuando.

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Mi padre, mi vecina del quinto o la abuela de usted, querido lector, juegan con el móvil; la etiqueta de “aficionado a los videojuegos” ya no significa gran cosa. Que sea a Candy Crush o Clash of Clans sólo significa que no son expertos, no que no les guste el medio. Inevitablemente, un porcentaje de esos nuevos jugadores sentirá curiosidad por dar el paso a plataformas, mecánicas y temáticas más complejas. Los viejos estereotipos, convenciones sociales y miedos alrededor del videojuego han desaparecido casi por completo. Tristemente, ahora estamos viviendo la reacción furibunda de un grupo (quiero pensar que más pequeño que el ruido que hacen) de fanáticos guardianes de las esencias, pero están destinados a desaparecer en sus cavernas, ensordecidos por sus propios gritos.

Y estos son sólo algunos ejemplos, algunas reflexiones a vuelapluma de lo mucho que ha cambiado el iPhone la sociedad. Demasiado a menudo pensamos que la tecnología es una cuestión aparte de la Historia, y se nos olvida que en realidad siempre ha sido un motor de cambio social: la metalurgia puso fin a la Edad de Piedra; la invención del estribo precipitó la caída del Imperio Romano; la imprenta dio paso a una nueva era para el conocimiento; el telar inició una Revolución Industrial que cambió la faz del mundo… Internet, los ordenadores y, por supuesto, los iPhones y smartphones forman parte de una nueva revolución tecnológica, un cruce de caminos en la historia. Tenemos suerte de vivirlo y de poder contarlo.

Sobre El Autor

Director de contenidos
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Me llamo Antonio Santo y nací en Málaga en 1985. Estudié (es un decir) Filología Hispánica en Granada, aunque desde que salí de la universidad (sorprendentemente, por mi propio pie) toda mi carrera profesional ha sido en prensa. En 2011 empecé a dedicarme al periodismo de videojuegos en Vadejuegos; un tiempo después me hicieron director de contenidos por mis pecados. Me han dado algún que otro premio por mi obra poética, lo que demuestra que hay gente para todo. Me gusta tocar música, los perros y la buena comida. Llevo sombrero para hacerme el interesante.

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