Empezaremos por Double Dragon, de Technos, rey y generador de los beat’em-ups callejeros por excelencia. Dos jugadores simultáneos, novia raptada y compartida, scroll lateral, enemigos de todos los tamaños y colores, generosa cantidad de golpes diferentes y una BSO inolvidable. Se puede afirmar que definió el género y abrió las puertas a centenares de representantes y evoluciones de su fórmula ganadora. Ese mismo mes, en julio, el trono de los shoot’em-up, instaurado por Scramble en 1981 y sobre el que descansaban plácidamente Gradius y su spin-off Salamander, cambió de dueño. Un pequeño grupo de programación de Irem se propuso reescribir la historia de los matamarcianos y dio forma a R-Type, auténtica obra maestra. Un scroll horizontal más pausado de lo habitual, el magistral diseño de la nave, un original e innovador armamento, cápsula mediante, y su claro homenaje al Alien de H.R. Giger a la hora de recrear escenarios y enemigos le auparon a lo más alto. Treinta años después puede ser considerado como el mejor y más influyente shoot’em-up de la historia del videojuego.

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Vayamos con la tercera joya en discordia, Afterburner. Nada más y nada menos que la octava obra de un ya consagrado Yu Suzuki (¡queremos ese Shenmue III ya!) que comandaba la revolución del escalado de sprites con dedicated coin-ops legendarias que os pondrán la piel de gallina al ser recordadas: Space Harrier, Hang-On, Out Run, Enduro Racer… El mueble de la versión Deluxe de Afterburner era demencialmente atractivo e inquieto, y aunque nos obligaba a invertir 100 pesetas (o más) por partida y perder vidas como locos a los mandos de un F-14 Tomcat por culpa a su peculiar jugabilidad, se convirtió en una experiencia que quedaría grabada a fuego en nuestros sentidos. Dinero bien invertido.

Y llega el turno del precursor de uno de los grandes mitos del videojuego, el beat’em-up casi primigenio, el germen que dio vida a uno de los mayores fenómenos lúdicos de principios de los noventa: nos referimos al primer Street Fighter. Su creador Takashi Nishiyama (que cambió Capcom por SNK y mas adelante gestó Street Fighter IV) revolucionó la variante VS. de los juegos de lucha con un Ryu de pelo rojizo, un Ken que aceptaba gustoso el rol de segundo jugador (no como otros…), diez bonitos escenarios repartidos en cinco países -cada uno con su enemigo exclusivo-, gran variedad de golpes, fases de bonus, y la impactante aportación de ser la primera recreativa con seis botones del mercado. Como curiosidad, decir que existía una versión de la coin-op con dos botones neumáticos que reaccionaban según la fuerza ejercida sobre ellos.

Cuatro auténticas joyas del videojuego que marcaron un antes y un después pero que no fueron las únicas en aparecer bajo los potentes rayos del sol de verano del 87. Capcom no quiso faltar a la cita y tras el gran éxito cosechado por el shooter de aviones 1942, “atacó” con 1943 The Battle of Midway, además de sorprendernos con un atractivo y difícil hack’n slash llamado Black Tiger. Taito regresó a los rudimentos del videojuego con la secuela de otro clásico, Arkanoid: Revenge of Doh. Para cerrar el mes de agosto de hace 30 años, nada mejor que la recreativa de Wonder Boy in Monster Land de Westone apadrinada por Sega.

ArkanoidrevengeflyerComo colofón a este repaso estival del panorama recreativo, sería injusto dejarse a los últimos clásicos de moneda fácil que aparecieron durante los meses restantes de 1987. Rainbow Islands, con su inseparable melodía “Over the Rainbow” y Operation Wolf con aquella Uzi incorporada en el mueble de la recreativa, fueron las grandes y exitosas apuestas de Taito. Sega pegaría fuerte con un tal Shinobi, otro personaje legendario que se extendería con mayor o menor fortuna en el tiempo. Y por último, el entrañable Pac-Mania, la ingeniosa e isométrica evolución de la sacrosanta creación de Toru Iwatani, adaptada a la nueva era de los salones recreativos.

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