No envidio al equipo de Ubisoft Montreal que recibió en su día el encargo de darle un lavado de cara y de espíritu a Assassin’s Creed. Es muy, muy difícil gestionar las transiciones desde el éxito: la prudencia aconseja no intentar arreglar algo que no está roto. Y, afrontémoslo, por mucho jaleo que se montara en redes sociales, por mucho que un sector de la crítica pataleara, la saga Assassin’s Creed seguía teniendo un enorme éxito en ventas. Syndicate y Unity no rompieron récords de la franquicia, pero vendieron suficientes millones de unidades como para que tildarlos de fracaso sea muy atrevido.

Es evidente que el usuario medio, que se compra dos o tres juegos al año y juega a ratitos, no percibe los mismos síntomas de agotamiento que vemos los que jugamos (casi) todo lo que se publica. Y aun así, por difícil que fuera, el mejor rumbo posible a largo plazo era poner la franquicia en pausa y reconstruirla, respetando el espíritu pero cambiando la letra. Más allá de que los síntomas de cansancio fuesen más o menos graves, el asunto es que las gallinas de los huevos de oro tienen la mala costumbre de no resucitar cuando se las exprime más de la cuenta. Ubisoft se percató a tiempo, puso en pausa el desarrollo de la franquicia y replanteó todas las bases de la saga con el objetivo de que Assassin’s Creed Origins cambiara la letra pero mantuviera el espíritu.

Lo han logrado, y de qué forma. Origins es la cuadratura del círculo: retoca cada una de las áreas jugables de una saga conocidísima sin que el jugador sienta extrañeza en ningún momento; retrocede al punto inicial de una ya larguísima historia y logra plantear personajes y situaciones originales sin contradecir su propio canon; presenta una reconstrucción-reinterpretación histórica y artística asombrosa, sostenida por un apartado técnico impecable. Hay que cavar hondo para encontrar reproches serios que hacerle a Ubisoft Montreal, un estudio de desarrollo en estado de gracia: tanto Origins como el sobresaliente Watch Dogs 2 se crearon bajo su techo.

image_assassin_s_creed_origins-35679-3880_0002 copia3300161-needs_age_gateaco_hiddenones_redsea_soldiergrab_1507597409 copiaSin llegar a cambiar completamente de género, Origins se inclina en casi todos sus cambios cada vez más hacia el juego de rol de mundo abierto. Al arrancar a jugar, probablemente la primera pequeña revolución que se percibe es la del sistema de combate. Los Assassin’s Creed nunca han sido juegos difíciles, y menos aún a la hora de pelear: a poco que uno fuera más o menos hábil, uno podía casi enfrentarse a un pequeño ejército sin romper a sudar. Aunque aparecieran nuevos gadgets o habilidades de un juego para otro, el núcleo permanecía más o menos igual. Esta sensación de familiaridad permite al jugador saltar rápidamente a cualquier nueva entrega, casi sin período de aprendizaje.

Como en los lobbies de cualquier cadena de hoteles, puede que los sofás estén aquí en vez de allá, pero todo es casi igual para que te sientas siempre en territorio familiar por mucho que viajes… a riesgo de que al final tengas la sensación de no haber viajado en absoluto. El arranque de Origins supone todo un aviso de que estamos empezando un viaje hacia un lugar con nuevas reglas: el tutorial de combate transcurre en una pelea contra un “mini boss” en la que puedes acabar mordiendo el polvo a poco que te descuides. Si no te queda clara la cosa, la siguiente escena nos sitúa en un combate contra varios enemigos que ya nos obliga a poner en práctica las (aún escasas) habilidades de las que disponemos.

No se trata de que ahora sea un juego difícil (no lo es), sino que ya no es tan cómodo, ya no se puede jugar en piloto automático. En las primeras horas de juego, Origins nos explica con claridad que no va a ser un juego tan cómodo, tan familiar como las anteriores entregas. Las mecánicas básicas son reconocibles, pero en todas se ha dado una vuelta de tuerca, se ha cambiado lo suficiente como para que todo sepa a nuevo. Incluso el paisaje, la gestión del espacio es diferente. La exploración es un elemento clave: Origins nos ofrece un equilibrio entre ciudades y naturaleza, interiores y espacios abiertos, y las sensaciones y el ritmo de juego al explorar cada uno de ellos son distintas. Es una cuestión de diseño de misiones, pero también de interfaz de usuario: la gestión del mapa ha cambiado, y ya no nos encontramos el típico minimapa de los juegos de Ubisoft, trufado de iconos de toda clase. Ubisoft Montreal se ha ido a fijar en dos de los juegos que mejores sensaciones de exploración han causado en los últimos años: los de rol de Bethesda como Skyrim y Fallout. Con la brújula girando en la parte superior de la pantalla sentimos que viajamos con más libertad; cada duna, cada montaña, cada cueva y cada ciudad pasa a ser un lugar, y no mero paisaje de fondo mientras acudimos de un punto a otro.

La mecánica de la vista de águila, que en Origins es absolutamente literal, subraya esta renovada importancia del entorno. Ver el mundo a través de los ojos de Senu no es sólo un espectáculo asombroso (si no tenéis consola y televisión 4K pero conocéis a alguien que sí, no perdáis la oportunidad de verlo). La primera vez que utilizamos el águila el juego nos deja claro que el mundo de Origins está lleno y vivo: en los pequeños detalles, en la gente que pasea por la calle y se detiene a ver la mercancía de un vendedor; pero también en el contenido jugable, en los animales que podemos cazar para obtener materiales, en la misión secundaria que nos espera aquí o allá, en el coleccionable oculto.

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Sobre El Autor

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Me llamo Antonio Santo y nací en Málaga en 1985. Estudié (es un decir) Filología Hispánica en Granada, aunque desde que salí de la universidad (sorprendentemente, por mi propio pie) toda mi carrera profesional ha sido en prensa. En 2011 empecé a dedicarme al periodismo de videojuegos en Vadejuegos; un tiempo después me hicieron director de contenidos por mis pecados. Me han dado algún que otro premio por mi obra poética, lo que demuestra que hay gente para todo. Me gusta tocar música, los perros y la buena comida. Llevo sombrero para hacerme el interesante.

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