Eidos Montreal acertó en la diana con su opera prima, Deus Ex: Human Revolution, y el reto no era poca cosa: para empezar, la pesada carga del legado de Deus Ex, que garantiza tanta atención como exigencia; para continuar, encontrar su propia voz,, un hueco en una industria que ha cambiado mucho en los años transcurridos desde el juego original. Aunque no aspirara a plantarle cara a los grandes superventas, Human Revolution no podía ser sólo un juego de culto: necesitaba llegar al público de masas.

El equipo de desarrollo encontró un término medio en todos los ámbitos que permitiera reclamar la herencia de Deus Ex sin renunciar al gran público. Human Revolution era profundo y complejo, aunque no fuera tan maravillosamente abrumador como el juego de Ion Storm. Y lo mismo ocurría en su aspecto narrativo y argumental: una obra cuidada y mimada hasta el último detalle, capaz de presentar una serie de temas de interés, pero sin llegar a profundizar demasiado en ninguno de ellos.

La ventaja con la que contaba Human Revolution con respecto a Mankind Divided es que el tema central sobre el que pivota su historia, el transhumanismo y sus consecuencias, nos resulta lo bastante ajeno como para permitir rascar más fuerte sin polémicas. La situación que nos presenta Mankind Divided es una alegoría indisimulada del racismo y los conflictos étnicos; es más fácil conectarla con el mundo real, algo que todos parecen temer en una industria que tanto teme el posicionamiento político y el debate ideológico.

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Entre evitar del todo cualquier posible discusión y crear un juego que discuta un tema en profundidad, que ofrezca un discurso significativo, Eidos ha optado por el camino de en medio. Mankind Divided no es un juego de un discurso radical ni una arriesgada reflexión, sino un blockbuster escrito con mimo e inteligencia, que no es poco. Presenta una serie de temas de interés, pero lo utiliza como decorado, no como pieza clave de su argumento (más allá de la evidente condena del racismo y la segregación, algo con lo que cualquiera con un mínimo de decencia estará de acuerdo).

Esta decisión consciente no es necesariamente un defecto: el juego se encuentra cómodo y funciona muy bien en ese término medio; lo que sí ofrece el equipo con mucha inteligencia es una segunda capa para todo el que quiera rascar un poco más. Puede que el conflicto, el “apartheid mecánico”, acabe siendo más un telón de fondo que un elemento central; pero es un telón pintado con mucho detalle que podemos explorar muy a menudo.

Así, la historia principal de Mankind Divided transcurre más o menos por los derroteros esperados de acción, espionaje e intriga; y si miramos sólo en esa área nos puede parecer un juego bastante al uso. Sin embargo, y como ocurría en Human Revolution en menor medida, es en todo lo opcional donde está la carga de mayor profundidad del juego: en las misiones secundarias (a menudo más interesantes que las principales), en las conversaciones con los PNJ y situaciones cotidianas, en los emails que leemos al cotillear un ordenador y en los periódicos y carteles hay más reflexión, más compromiso y mejor narrativa.

Es una decisión creativa de la que ya nos avisó en cierta forma Jean-François Dugas en nuestra última entrevista. Al hablar de sus referencias a ámbitos como la mitología, tanto visuales como temáticas, Dugas aseguraba que están ahí “pero no se explican: es cosa del jugador decidir si se implica e investiga”. Al final, ese mismo método se aplica a todo lo demás: hay un núcleo básico del juego más fácil de masticar para quien no quiera profundizar; el que opte por explorar sacará de este Deus Ex una experiencia más interesante.

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Sobre El Autor

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Me llamo Antonio Santo y nací en Málaga en 1985. Estudié (es un decir) Filología Hispánica en Granada, aunque desde que salí de la universidad (sorprendentemente, por mi propio pie) toda mi carrera profesional ha sido en prensa. En 2011 empecé a dedicarme al periodismo de videojuegos en Vadejuegos; un tiempo después me hicieron director de contenidos por mis pecados. Me han dado algún que otro premio por mi obra poética, lo que demuestra que hay gente para todo. Me gusta tocar música, los perros y la buena comida. Llevo sombrero para hacerme el interesante.

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