Hoy Hans cumple diez años y está harto: de su vida tranquila y sin sobresaltos, de vivir en una casa en mitad de la nada, de esperar que su padre vuelva de la guerra; pero sobre todo de ser pobre como una rata, de no tener siquiera para recibir un simple regalo en su cumpleaños. Hans piensa que ya es mayor como para tener que aguantar todo esto sin hacer nada. Así que se despide de su madre y de su perro, coge un bastón, unas monedas y algo para comer y se lanza al camino en busca de aventuras. Pronto se encontrará en el castillo encantado del misterioso conde Lucanor; tendrá que recurrir a todo su ingenio y valor para sobrevivir en sus pasillos en penumbra, envuelto entre susurros.

Sobre esta premisa de cuento clásico se construye El Conde Lucanor, el primer juego del estudio español Baroque Decay, que precisamente tiene en el acervo cultural de los cuentos infantiles una de sus dos fuentes de inspiración. La otra está claramente en las aventuras de las consolas de 16 bits, sobre todo en The Legend of Zelda, sobre todo en la base jugable, en las mecánicas; el pixel-art quizá nació como guiño nostálgico pero ha crecido más allá de la referencia, y en realidad se parece bastante poco al aspecto que tenían los juegos de la época.

Al encontrarnos con el castillo del conde nos recibe su mayordomo, un extraño duende burlón, que nos lanza un desafío: si logramos adivinar su nombre, todas las riquezas del conde Lucanor serán nuestras. Las letras de su nombre están desperdigadas por las estancias del castillo, y para encontarlas tendremos que resolver una serie de puzles mientras evitamos a los monstruosos funcionarios del conde y a su siniestro jefe el Camarlengo Rojo. Así, tendremos que ir recopilando objetos necesarios para resolver algunos puzles, y en otros usar la lógica o la destreza, mientras nos movemos entre escondites con la discreción necesaria para que los habitantes del castillo no se nos coman.

Un inicio de cuento: el pequeño Hans se encuentra personas en apuros nada más empezar su aventura

Un inicio de cuento: el pequeño Hans se encuentra personas en apuros nada más empezar su aventura

El Conde Lucanor no es un juego de terror, pero sí puede resultar inquietante en algún momento. Sin ser especialmente difícil ni pretender asustarnos con demasiado afán, logra envolvernos con su atmósfera y meternos en el papel con dos simples herramientas: la vulnerabilidad y la escasez. Hans no puede defenderse de los monstruos más que escondiéndose, y las trampas hacen suficiente daño como para que pisar en falso más de una vez sea suficiente para morir. Si perdemos toda la salud volvemos a la última partida guardada, pero el juego no ofrece puntos de salvado automático, sino que sólo podemos realizarlos a mano en un punto determinado del mapa, a la vieja usanza; si pasamos demasiado tiempo sin guardar, pues, tendremos que repetir todo lo jugado para volver al mismo punto.

El Conde Lucanor logra envolvernos con su atmósfera y meternos en el papel con dos simples herramientas: la vulnerabilidad y la escasez

El jugador es, por tanto, muy vulnerable, y a la segunda vez que te toca repetir una sección del castillo porque te has confiado más de la cuenta empiezas a estar más tenso y actuar con más prudencia. Además, no abundan ni la comida para recuperar salud ni el oro necesario para guardar la partida, y ambos tienen algún que otro uso más. Los recursos son limitados, y aunque es francamente difícil es posible gastar todo lo que hay en el castillo. Ese miedo a quedarnos sin comida, el debate entre la cautela de guardar antes de intentar una sección peligrosa o atrevernos por si más adelante podemos usar el oro para comprar ciertos objetos útiles, junto con la atmósfera de cuento de miedo para niños, son suficientes para recordarnos la inquietud infantil en duermevela que imagina un monstruo debajo de la cama.

Decía unas líneas atrás que la primera fuente de la que bebe El Conde Lucanor es el cuento infantil, la tradición oral narrativa europea. Si sólo entendemos por cuento lo que aparece en los clásicos de Disney puede parecer una afirmación algo extraña teniendo en cuenta no ya los monstruos, sino el humor negro, tenebrismo y visceralidad de los que el juego hace gala desde muy pronto. Conviene recordar que los cuentos tradicionales no tenían como objetivo entretener sino educar mediante el miedo, y más concretamente grabar a fuego ciertas prohibiciones en la mente del niño. En la versión original de Caperucita no hay cazador: la niña desobedece las órdenes de su madre y como castigo acaba devorada por un lobo. Se supone que la moraleja es “haz caso de tus mayores”, no “al final vendrá alguien a salvarte”.

El inquietante patio central del castillo del conde Lucanor

El patio central del inquietante castillo del conde Lucanor

Los cuentos tradicionales están llenos de sangre y violencia, y el juego de Baroque Decay refleja bastante bien ese carácter siniestro de la tradición oral. Las referencias y guiños a los cuentos son constantes, para empezar en los personajes (el propio protagonista, Hans, nos apunta a Hans Christian Andersen) como en situaciones que resultan vagamente conocidas por aparecer en numerosas historias: sabemos que cuando el protagonista se sacrifica para ayudar a un extraño, por ejemplo, acaba recibiendo una recompensa. No quiero convertir esto en una relación de guiños, primero para evitar desvelar detalles sobre el juego y segundo porque uno de los placeres de El Conde Lucanor es precisamente ir identificando todas las referencias; el jugador atento seguramente se entretendrá tanto identificando las fuentes originales como con los puzles del juego.

Eso sí: debo decir que es precisamente la referencia principal, la del título, uno de los pocos elementos del juego que no me acaba de convencer. El Conde Lucanor es un libro de exempla del siglo XIV: una relación de cuentos moralizantes de diversas fuentes, tanto clásicas (como las fábulas de Esopo) como orales (de la tradición oral castellana y mozárabe). El marco común a todos ellos son las conversaciones entre el susodicho conde y su criado y consejero: Lucanor le presenta un problema, y éste le responde con un cuentecillo a modo de ejemplo moral. No me encaja del todo bien el guiño precisamente porque no va a ninguna parte más allá de los nombres: no hay ninguna otra referencia al libro.

Los cuentos tradicionales están llenos de sangre y violencia, y el juego de Baroque Decay refleja bastante bien ese carácter siniestro de la tradición oral

No tendría mayor importancia de no ser porque uno de esos nombres, el del criado, es la columna vertebral que justifica todo el juego; cuando desde el propio título se hace referencia a una obra conocida, uno espera que reutilice, reelabore o simplemente retuerza el material original, no sólo que coja los nombres porque suenan bien. El desafío del duende es un buen punto de partida: adivinar el nombre de un personaje para obtener una recompensa es un hilo conductor clásico de cuento oral… pero no hace falta ser filólogo para recordar el nombre del criado de El conde Lucanor, un libro que se estudia en Secundaria; y conocer el dato hace que una pequeña sección del juego (que sirve para saber cómo ordenar las letras que nos vamos encontrando) resulte irrelevante. Eso sí: aun sabiendo desde el principio qué respuesta estaba buscando el juego logró engancharme y divertirme hasta el final, algo que habla muy bien de su diseño y arte.

Los funcionarios del castillo casi dan más miedo que los de Hacienda

Los funcionarios del castillo casi dan más miedo que los de Hacienda

Escribí a Fran Calvelo, de Baroque Decay, para preguntarle por qué habían elegido el nombre si la referencia no iba más allá. “Lo puse por un par de razones, la principal es que el libro de El conde Lucanor es una recopilacion de cuentos, y en el juego digamos que hay varias referencias a cuentos clásicos. Por otro lado, me gustaba mucho la sonoridad del nombre, me recordaba a un “Alucard” pero a lo latino.Me gusta coger referencias españolas y mezclarlas con otros estilos, para conseguir una estética exótica y ecléctica de cara al jugador internacional”. Acepto este último argumento: fuera de España la referencia es bastante más ignota (es un libro importante para nuestra lengua, pero no es una obra clave de la literatura universal) y el mercado español no es tan importante; aún así, que la referencia sólo me sirva para conocer de antemano la respuesta me parece como poco una oportunidad perdida, y suelo pensar que lo que no ayuda estorba.

Lo mejor de El Conde Lucanor de Baroque Decay es esa capacidad para dar sensación de maravilla, para animarnos a explorar cada rincón, a intentar de todo para hablar con cada personaje y abrir cada puerta, y además generarnos esa pequeña incomodidad de cuento que no tiene por qué terminar bien. Su duración breve, su mezcla de horror y humor, sus diversos finales y sus ramificaciones, pequeñas pero significativas, nos animan además a darle varias vueltas para descubrir todos sus secretos. Leo a menudo que los juegos de la época de los 8 y 16 bits tenían capacidad de maravillarnos, pero somos nosotros quienes hemos perdido esa capacidad, no los juegos de ahora. Quizá por eso tanto gustan en la escena indie los títulos que nos remiten en lo visual y lo jugable a aquella época: facilitan a muchos jugadores remontarse a quienes eran cuando aún vibraban de anticipación al adentrarse en una mazmorra pixelada. Baroque Decay se propuso convertirnos en el niño protagonista de todos los cuentos, y por momentos lo consigue: cuando recorremos a la luz temblorosa de una vela los corredores del castillo, cuando reímos al toparnos con el burricornio sin dejar de vigilar con nerviosismo la llegada de los siniestros funcionarios del conde.

Sobre El Autor

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Me llamo Antonio Santo y nací en Málaga en 1985. Estudié (es un decir) Filología Hispánica en Granada, aunque desde que salí de la universidad (sorprendentemente, por mi propio pie) toda mi carrera profesional ha sido en prensa. En 2011 empecé a dedicarme al periodismo de videojuegos en Vadejuegos; un tiempo después me hicieron director de contenidos por mis pecados. Me han dado algún que otro premio por mi obra poética, lo que demuestra que hay gente para todo. Me gusta tocar música, los perros y la buena comida. Llevo sombrero para hacerme el interesante.

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