El mayor problema de Ori and the Blind Forest era su carta de presentación: su impecable apartado artístico, tan cercano a una pintura en movimiento, ocultaba algunas de sus otras virtudes. No es que me importase demasiado saber cómo se jugaría o qué tipo de experiencia me iba a proponer con el mando en las manos; pero sí que es cierto que afronté los primeros minutos de la obra de Moon Studios con una idea completamente preconcebida que nada tenía que ver con lo que iba a vivir a lo largo de las 12 horas posteriores.

Lo que iba a ser un viaje inocente y naïf se vuelve patas arriba en diez minutos, los que tarda Ori and the Blind Forest en situarnos en su mundo y en dibujarnos sus reglas con cuatro trazos de una finura y buen gusto que ya quisieran muchos estudios de animación. En estos primeros instantes apenas hemos utilizado el mando, pero tampoco lo hemos soltado; tal vez hemos movido nuestros personajes de aquí para allá mientras todo se va desplegando como si fuese un preciso ingenio. Con la potencia de su arte, sin utilizar diálogos, acunado por la banda sonora, descubrimos que, efectivamente, Ori and the Blind Forest va a ser implacable. Y estamos con la boca desencajada.

Este primer juego del colectivo Moon Studios es un cuento sobre la amistad, el amor, la importancia de cuidar la Naturaleza, la confianza y, sobre todo, una oda a la evolución y al crecimiento personal. La sencillez de sus mensajes encaja a la perfección con todo el conjunto que pretende ser Ori and the Blind Forest: una obra de corte muy personal, que esconde mucho más si se rasca el bonito envoltorio.

Ya con el mando afianzado en nuestras manos es fácil descubrir una de sus grandes virtudes: Ori es un juego suave y preciso, cada movimiento, cada salto está medido milimétricamente para que fluya con naturalidad. Hubiese sido una enorme decepción para el jugador si todo fuese tosco y brusco; el encanto de los primeros compases hubiese quedado roto en cuanto pasásemos a dibujar nosotros lo que ocurre en pantalla, por eso Moon Studios ha estado cuatro años perfeccionando su propuesta. Es importante decirlo: Ori and the Blind Forest no aporta nada original a la clásica fórmula metroidvania. Contamos con un extenso mapa que recorrer, con sus clásicas zonas bloqueadas (sin muros invisibles) que se nos ‘abrirán’ cuando descubramos el poder que nos permitirá alcanzarlas, nuestro personaje puede saltar, agarrarse a plataformas, combatir contra los enemigos y mejorar sus habilidades con unos toques ligeros de RPG. Nada nuevo. Entonces, ¿dónde está la gran virtud del juego? Muy sencillo: todo encaja de maravilla, funciona como un preciso reloj suizo. Su ejecución es tan perfecta que consigue transportarnos a aquellos años del Super Metroid o del Zelda: A Link to the Past, dos de sus grandes referentes, a los que el juego dedica claros homenajes.

Seguimos con el mando en las manos y nos topamos con otra de sus virtudes: el juego trata al jugador con inteligencia, entiende en todo momento qué vamos a esperar de él y, a pesar de ser muy exigente, sabe cómo premiar para no frustrar. Solo una vez en toda la partida he tenido que apagar la consola y dejarlo para otro momento y no ha sido por culpa del juego, sino por la mía que no supe entender cómo afrontar una situación que tenía un enfoque muy claro y varias aproximaciones obtusas. En la generación de los Quick Time Events (sí, te miro a ti The Order 1886), Ori es un magnífico ejemplo de cómo hay que diseñar los niveles cediendo todo el protagonismo al jugador y a su habilidad para sortear un obstáculo; porque el título infiere que nos las vamos a ingeniar para solventar cualquier problema que nos plantee.

Su poderoso y embriagador diseño artístico puede llevar a engaños, ya que lejos de ser un juego simple y sencillo, Ori encierra una curva de dificultad muy bien medida pero severa. En ciertos momentos, los menos y más frustrantes, se impone el ensayo y el error, el memorizar la disposición de cada enemigo (lo suficientemente variados para sorprender y suponer un reto constante), de esa roca que se desprende o de ese saliente que nos exige un salto doble con precisión cirujana; pero el juego destapa toda su belleza a los mandos cuando se convierte en una salvaje coreografía donde tomamos decisiones en cuestión de segundos, encadenando saltos, ataques, poderes y demás panoplia de habilidades de forma natural.

Es muy complicado hablar de su apartado técnico con justicia, pero el mimo con el que se ha detallado cada escenario, con esos verdes, púrpuras, azules y naranjas tan vivos, invitan a perderse en el mundo de Ori and the Blind Forest, utilizando como guía los potentes vientos, los suaves coros, las tiernas melodías de violín y los enérgicos y melancólicos acordes de piano de la impresionante banda sonora compuesta por el británico Gareth Coker. La personalidad de cada estampa deja poso en el jugador y es muy difícil olvidarlas.

Como dije más arriba, Ori no es un derroche de originalidad, pero sí de personalidad, pasión y mimo por el trabajo bien hecho. Es un todo inapelable, una apuesta segura de Microsoft que se ha convertido por méritos propios en el primer gran lanzamiento del 2015. Un juego que hay que jugar y que dejará un legado como lo hicieron en su día El Rey León o Aladdin en la industria del cine.

Sobre El Autor

Artículos Relacionados

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.