El videojuego japonés siempre se ha mantenido en otra línea totalmente diferente a la que estamos acostumbrados en el mercado europeo. Esto se debe, en parte, a la diferente mentalidad con la que los creadores nipones dan forma a sus obras: sitúan sus videojuegos en la vanguardia de la innovación, creando fórmulas inigualables que le dan la vuelta a la industria una y otra vez. Es por ello que el recorrido del desarrollo en Japón a lo largo de la historia ha estado principalmente marcado por una gran originalidad, por su inventiva y falta de temor a correr riesgos. El videojuego japonés ha llegado a dominar el mundo y nuestras pantallas. Sin embargo, las constantes revoluciones de hardware y cambios generacionales impuestos por el mercado occidental, los altos presupuestos necesarios para sacar adelante un desarrollo men un mundo cada vez más globalizado y la cada vez más brutal supremacía del videojuego en PC, han ido relegando el producto oriental a un papel entre secundario y residual.

Ésta era una realidad cada vez más palpable: nos hemos atiborrado con con artículos hablando de la “crisis” del videojuego japonés y las noticias de la salida o el fracaso de varias de las figuras más conocidas y las compañías más emblemáticas que han marcado la historia del desarrollo del videojuego como la salida de Tomonobu Itagaki de Tecmo, la caída de SNK o los polémicos desarrollos de Keifi Inafune y Yu Suzuki con el infumable Mighty No. 9 y el esperadísimo pero sospechoso Shenmue 3. En el caso del JRPG, la decadencia ha sido mucho más notoria. Durante la séptima generación de consolas (Xbox 360 y PS3) la oferta de videojuegos de este tipo fue prácticamente inexistente. Salvo contadas excepciones en Wii y portátiles, nos encontrábamos a menudo con títulos genéricos de calidad mediocre, como los mil y un sucedáneos de los Tales Of; y cuando una gran empresa ponía un presupuesto importante, lo hacía a costa de occidentalizar lo más posible el diseño (aunque terminaban más preocupados por meternos a la waifu de turno o peinados emo, que por crear un producto redondo). 

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De una gran cantidad de casos se ha hecho eco entre la crítica y los usuarios. Por todos es sabido que la saga Final Fantasy no pasa por sus mejores momentos. Los constantes cambios por intentar adaptarse al mercado terminaron por enturbiar los desarrollos de Final Fantasy XIII y XV. Pero no solo está afectando a Square Enix: nos podríamos pasar horas hablando si nos ponemos a repasar uno por uno títulos como White Knight Chronicles, The Last Remnant, Tales of, Star Ocean, Infinite Undiscovery, Sword Art Online, Hyperdimension Neptunia, etc. Todos ellos comparten aquellos “inconvenientes” que provocan que los juegos no logren trasladar el éxito del que gozan en Japón a territorios occidentales. Estamos hablando del estancamiento en las ideas clásicas como son el combate por turnos, la manida estética anime, las mecánicas genéricas y repetitivas, personajes que son calcos unos de otros, calidad técnica obsoleta entre otros muchos motivos que son los que provocan estos desesperados intentos de los desarrolladores por abrazar conceptos más occidentales y desistan de la idea de evolucionar desde su propio terreno.

Sin embargo, tanto para aquellos que consideraban el género JRPG en Occidente como un fracaso como para los que se adaptan y mantienen la ilusión, Atlus llega para alimentar nuestras esperanzas y dejar claro que el avance no estaba tan lejos de la fórmula clásica como pensaban los principales actores de la industria japonesa. Persona 5 es un contundente golpe en la mesa. Nada nuevo ni revolucionario si ahondamos en sus mecánicas y contamos con que viene de una franquicia que lleva el sello de calidad desde hace más de una década; pero sí que refuerza poderosamente unas bases con un título completamente redondo y llamativo que toma las riendas del género y le recuerda al mundo que Japón siempre tiene algo que decir en el mundo del videojuego.

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