Mi primera consola de videojuegos fue una Game Boy con el irremediable cartucho de Tetris. Sin embargo, tardé bastantes años en hincar el diente a las máquinas de sobremesa. Entre tanto me conformé con el 486 de mi madre, donde descubrí maravillas del shareware como Alien Carnage, Blake Stone o Jazz Jackrabbit. Aquel conejo verde me aficionó a las plataformas, convirtiéndose éste en mi género predilecto. Nadie sospechó entonces que uno de sus máximos responsables (Cliff Bleszinski) acabaría convirtiéndose en gurú del sector.

Cuando Slipgate Studios refirió al propio Jackrabbit en su campaña de crowdfunding, allá por septiembre de 2016, mi interés por Rad Rodgers se acrecentó. El primer mundo del juego llegó a compatibles aquellas navidades, anunciándose meses después que THQ Nordic se había hecho con la propiedades intelectual. Fue así como este combinado de acción y plataformas puso rumbo a Xbox One y PlayStation 4.

“The New” Rad Rodgers, como sus responsables han denominado a la última versión, tampoco se ha olvidado de los usuarios de PC. Entre sus adiciones, por si habéis llegando aquí con la lección aprendida y tan sólo os interesa conocerlas, encontramos: tablas de clasificación; una veintena de sombreros para el protagonista; niveles de bonificación (“Pogo”) adicionales; arte desbloqueable; dos fases inéditas (“Rainforest Rampage” y “Raging Ruins”); nuevas tipologías de niveles para el “Pixelverso”; el arma “Excalibat” (bate de béisbol aparecido en el mítico Rise of the Triad) y cuatro nuevos enemigos, incluyéndose dos jefes.

En Rad Rogers todo se reduce a saltar, apuntar y disparar mientras escudriñamos los escenarios.

En Rad Rodgers todo se reduce a saltar, apuntar y disparar mientras escudriñamos los escenarios.

Por lo demás, nos encontramos ante el mismo título, de premisa testimonial. Encarnamos a Rad, quien se ve atrapado en un mundo virtual con la extraña compañía de su videoconsola (Dusty). A partir de ahí transitamos nueves fases de ambientación selvática, entre diálogos malsonantes y referencias al ocio electrónico de los 90. Como entonces, las únicas habilidades a nuestra disposición son saltar, apuntar y disparar, Bolt Blaster mediante. Al arma base (de munición ilimitada) se suman otras tan mortíferas como caducas, por lo que conviene reservarlas frente a posibles emboscadas. Dusty también pone su granito de arena, propiciando el combate cuerpo a cuerpo, aupándonos a estructuras fuera de alcance o asiéndose a superficies tubulares (horizontales o verticales).

Además de salvar abismos y freír a los adversarios, se intercalan las mentadas secciones del “Pixelverso“. No olvidemos que Rad se encuentra dentro de un videojuego, por lo que abunda los bugs a modo de plataformas invisibles. Vórtices diseminados por los niveles nos llevan así al ‘código fuente’, donde Dusty debe sortear obstáculos para restaurar aquellos elementos que nos permitan seguir avanzando. El problema con estos minijuegos reside en el sistema de colisiones, que nos pondrá las cosas difíciles (quizás demasiado) en los últimos compases del juego. Máxime cuando Dusty cuenta con su propia barra de vitalidad, que debemos rellenar escudriñando las fases.

Porque sí, Rad Rodgers es un juego de idas y venidas. Pasar de nivel implica algo más que recorrerlo de principio a fin: debemos localizar cuatro fragmentos (bien escondidos) de la llave que abre cada meta. Esto se traduce en partidas de hasta veinte y treinta minutos, donde los ckeckpoints no siempre se sitúan a conveniencia. ¿Estamos ante un mecanismo para prolongar la vida útil? Seguramente, considerando que este World One puede completarse en no más de cinco horas.

El espíritu de Jackrabbit está presente en lo nuevo de Slipgate Studios

A lo anterior sumamos coleccionables y habitaciones secretas, aunque no a todo el mundo le quedarán ganas de una segunda vuelta. Y es que Slipgate ofrece una de cal y otra de arena en cuanto a dificultad, con una IA enemiga bastante pobre y la nula originalidad en las rutinas de los jefes. En ningún caso hablamos de un juego aburrido, pero sí debemos limar sus aristas (o haber degustado los clásicos de Apogee) para casar con su propuesta.

Frente a una interfaz pixelada, el empleo de Unreal Engine 4 moderniza el gameplay mediante un pseudo-3D colorido, sobresaliendo los efectos de iluminación. Las texturas, sin embargo, dejan bastante que desear en cuanto a resolución y variedad, lo que también puede decirse de los rivales. Por su parte, subtítulos y textos en pantalla se muestran a tamaño mínimo, haciendo que nos dejemos la vista para leer cómo un alien nos pide que le practiquemos una felación (por decirlo sutilmente).

Donde no hay pegas es en el apartado sonoro. La banda sonora de Andrew Hulshult (Duke Nukem 3D Reloaded, Rise of the Triad) cumple su doble propósito de imprimir carácter al juego y llevarnos de vuelta a nuestra infancia frente al teclado. Los diálogos nos llegan íntegramente en inglés, pero las interpretaciones arrojan toda una lección de socarronería, como no podía ser de otro modo estando implicado John St. Jon (voz de Duke Nukem).

Rad Rodgers mejora su propuesta original en compatibles, aunque más por lo cuantitativo que por lo cualitativo. El diseño de juego presenta altibajos, pero no queda claro si son fortuitos o intencionados, cual referencia a los plataformas de la vieja escuela. No obstante, el software se disfruta por el derroche de personalidad: si Slipgate cuida sus próximos mundos, quizás podamos hablar de un “clásico moderno”.

Sobre El Autor

Redactor Jefe

Licenciado en periodismo por la Universidad de Málaga, siempre con el propósito de especializarse en ocio electrónico y nuevas tecnologías. Actualmente reside en Madrid, donde ejerce como Jefe de Redacción para esta revista. En su década de experiencia ha prestado servicio a grupos de referencia como Axel Springer (Hobby Consolas), Dixi Media (La Información), Gamereactor (división española) o Hipertextual (Ecetia, AppleWeblog y ALT1040).

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