Splatoon fue el movimiento más arriesgado y necesario de Nintendo en décadas. Su apuesta por las modalidades competitivas como nunca antes, en el marco de una franquicia inédita que no tardó en ganarse el corazón de los usuarios. Bastó el inconformista diseño de personajes, sin importar que nos zambullésemos en Cromópolis faltos de contexto. Claro, también primó una mecánica impensable para un título con vocación de eSport: el pintarrajeo del campo de batalla. Liquidar adversarios quedaba en un segundo plano, siempre y cuando aprovechásemos nuestra metamorfosis en calamar para darles esquinazo y seguir esparciendo pintura. Fue esta aproximación ‘amable’ la que consiguió interesarme por un juego exclusivamente online.

Esperábamos una secuela visto el fenómeno despertado en Japón, pero no tan pronto. Se apostaba más bien por una versión ‘Deluxe’ para Nintendo Switch, que continuara actualizándose durante el primer año de la plataforma híbrida. Precisamente, nuestra mayor preocupación era que Splatoon 2 innovase lo justo, hasta el punto de considerarlo una expansión. La respuesta no está del todo clara tras una semana a los mandos, aunque el resultado no puede catalogarse más que de imprescindible.

Splatoon 2 es todo lo que su antecesor no tuvo tiempo de ser. Nintendo EPD ha mimado cada aspecto del juego, comenzando por la personalización: podemos elegir el color de piel, ojos, peinado e indumentaria de nuestro Inkling, con tal de hacernos notar durante las refriegas. Por supuesto, la nueva Cromópolis no está exenta de galería comercial, donde adquirir nuevo armamento, ropa, calzado y accesorios (gorras, auriculares, mascarillas…). Cada ítem lleva emparejado un potenciador y tres ranuras de habilidad adicionales, que desbloqueamos con el uso. De ahí que pasar por vestuario no sea una mera cuestión estética: podemos reasignar fragmentos según el tipo de escenario y partida en ciernes, lo que a menudo se antoja indispensable para la victoria. A potenciadores clásicos como “Tintahorro” (reduce el consumo de tinta) o “Supercarrera” (aumenta nuestra velocidad de desplazamiento como humanoide) se suman “Señuelo” (rastrear al adversario), “Demolición” (infligir daño a los blancos que no sean jugadores), “Retorno Exprés” (reaparecer más rápido) o “Amortiguador” (rodar tras un supersalto).

Splatoon2_scrn_HeroMode_05 Splatoon2_scrn_SalmonRun04 Splatoon2_Presentation2017_scrn07La estrategia se traslada también al arsenal principal, secundario y especial. Respecto al primero distinguimos Lanzatintas (versátiles), Rodillos (cubren mayor superficie), Cargatintas (ideales a distancia), Tintralladoras (de tremenda cadencia), Derramatic (cubos de tinta infalibles en el cuerpo a cuerpo) y Devastadores (bolas de tintas que explotan al impactar). Entre éstas, las armas veteranas se renuevan: el cargatintas se mantiene cargado al nadar, el rodillo puede usarse en vertical y el difusor dual admite el rodamiento de nuestro Inkling. También nos han convencido secundarias inéditas como las “Robobombas“, que detectan y persiguen a los enemigos y el “Nebulizador“, que genera una nube de gas tóxico.

Pero ha sido con las armas especiales donde los creativos han echado el resto. Se activan rellenando su indicador a medida que entintamos terreno, algo de lo que ahora también tendremos constancia respecto a los enemigos. Se disponen “Lanzamisiles“, “Propulsor“, “Rayo tintódico” (capaz de perforar muros), “Salto explosivo“, “Atormentador” (nube que descarga chorros de tinta), “Ráfagas” (chaparrón de bombas), “Blindaje” (aumenta temporalmente la capacidad defensiva del equipo) y “Esfera tintera” (bola explosiva gigante con la que rodar incluso en superficies verticales). En términos prácticos, nunca habrá dos partidas iguales; se gana variedad respecto al original, algo que percibimos desde las primeras contiendas amistosas, cuando estamos limitados al modo “Territorial”.

Señalar que nos ha costado alcanzar el décimo nivel de experiencia durante el proceso de review, debido a una comunidad todavía escasa. Importa porque es condición indispensable para acceder a los combates competitivos, consistentes en tres modos que rotan cada dos horas: “Pintazonas” (luchamos por el control de segmentos del escenario), “Torre” (subimos a una para desplazarla sobre raíles hasta la meta rival) y “Pez dorado” (suerte de captura la bandera donde ésta resulta un arma de extrema potencia). Tal vez por su inspiración en otros shooters, ha sido este último el que mejores ratos nos ha hecho pasar, aunque conviene ejercitar todas las modalidades, pues se nos asigna un rango de habilidad por cada. Esto mejorará sustancialmente el matchmaking, o debería hacerlo, pues insistimos en la dificultad para encontrar partidas y con ello evaluar convenientemente el componente online.

Splatoon 2 no se olvida de la cooperación. A los Torneos (donde formar grupo con amigos) se suma una de las piedras angulares de la secuela: Salmon Run. Un modo ‘horda’ en toda regla donde la comunicación resulta fundamental para la supervivencia. Una lástima que la aplicación para smartphones con que se articula el chat por voz no esté lista, porque nos hubiese gustado valorar su desempeño tras tanta polémica. Sea como fuere, nos hemos divertido de lo lindo masacrando a los nuevos tipos de enemigos, mientras recolectamos caviar salmónido y asistimos a los compañeros caídos. Por supuesto, cubrir el suelo con pintura de nuestro color sigue resultando fundamental, especialmente en los modos de dificultad más elevados, cuando el terreno fluctúa y se echa por tierra cualquier estrategia aprendida.

Splatoon 2 no comete el pecado de su predecesor: llegarnos falto de contenido aunque repleto de promesas

Mayor expectación despertó el modo “Héroe” para un jugador, con el que se prometía una campaña propiamente dicha. Lamentamos decir que no ha sido así. La supuesta enjundia narrativa en torno a las Calamarciñas se resuelve en pocas líneas de diálogo y sin cinemáticas de por medio, pero no podemos decir que el proceso nos haya disgustado. Como en el primer Splatoon, nos aguardan una treintena de fases segmentadas en cinco mundos. Encontrar la tetera de acceso a cada una supone un reto en sí mismo, aunque nada que no pueda resolverse con un poco de observación. El diseño de niveles ha mejorado enormemente, pero sin que desaparezca la sensación de ‘pistas de entrenamiento’ respecto al multijugador. Es más, se refuerza, al supeditar los recorridos a un arma concreta. Todo un acierto, pues podremos habituarnos a éstas antes de alcanzar el nivel que les corresponde. Los jefes finales vuelven a poner la guinda por sus originales diseños y el acopio de ítems incentiva la rejugabilidad. A fin de cuentas, unas seis horas de juego (como poco) que vuelven a hacernos soñar con una experiencia individual diseñada expresamente.

La oferta de Splatoon 2 se completa con su propia recreativa (de género musical), las partidas locales y la interacción con Amiibo. Las figuras interactivas permiten trasvasar nuestros ajustes y estadísticas de personaje a la consola de un amigo, amén de regalarnos equipamiento de lo más útil. A esto habrá que sumar el contenido adicional descargable (gratuito) prometido durante el próximo año, lo que no es moco de pavo.

Visualmente apreciamos una evolución clara, por contra de las primeras demostraciones. La percibiréis en la plasticidad de la pintura, sus destellos y en la nitidez general. No hay dientes de sierra que valgan, se ha mejorado el modelado de los personajes y los escenarios gozan de mayor nivel de detalle. Por si fuera poco, todo corre a 60 frames por segundo estables, con resolución 1080p en sobremesa (mínimos de 864p según Digital Foundry) y 720p en modo portátil. De hecho, es uno de los juegos que mejor explota las 6,2 pulgadas de Switch, desplegando colores tan vibrantes que ciegan. Dicho de otro modo: no echarás de menos el televisor.

Continuismo para el ámbito sonoro, con los habituales balbuceos Inkling e infinidad de arreglos a las composiciones originales: pop, rock y dance con predominancia de voces, bajos y sinterizadores. Algunos temas acompañan mejor que otros, sobre todo al repetirse en bucle cuando tratamos de encontrar jugadores en el vestíbulo.

Splatoon 2 no comete el pecado de su predecesor: llegarnos faltos de contenido aunque repleto de promesas. Abraza las bases del original y las amplía en todo sentido posible, con el triple de armas y potenciadores, escenarios repletos de posibilidades, un modo individual más inspirado y ese gran acierto que es Salmon Run. Os entusiasme o no el juego en línea, encontraréis motivos para entintar vuestro verano.

Sobre El Autor

Redactor Jefe

Licenciado en periodismo por la Universidad de Málaga, siempre con el propósito de especializarse en ocio electrónico y nuevas tecnologías. Actualmente reside en Madrid, donde ejerce como Jefe de Redacción para esta revista. En su década de experiencia ha prestado servicio a grupos de referencia como Axel Springer (Hobby Consolas), Dixi Media (La Información), Gamereactor (división española) o Hipertextual (Ecetia, AppleWeblog y ALT1040).

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