Estamos acostumbrados a que los videojuegos nos pongan en el papel de héroes, a ser los buenos de la película, sin muchos más matices. Como mucho el personaje protagonista es un antihéroe, alguien de métodos cuestionables y pasado oscuro, pero con un corazón de oro. Las ocasiones en las que ejercemos de malo, sin paliativos, suelen estar teñidas de humor para restarle dramatismo al asunto: en juegos como Dungeon Keeper u Overlord somos más malos que la quina, pero hasta quemar poblados y torturar caballeros tiene un aire de caricatura negra.

En This is the police no podemos escudarnos en el humor, y rápidamente aprendemos por la vía dura que no somos ningún antihéroe ni podemos salir con las manos limpias del follón en el que estamos metidos. Ejercemos el papel de Jack Boyd, un comisario de policía de Freeburg, una ciudad corrupta hasta la médula, gobernada en la sombra por poderosos criminales mientras los políticos se dedican a jugar al tenis y beber cócteles. Nuestro personaje es razonablemente honrado (que es lo mismo que decir razonablemente corrupto) hasta que acaba jugando su propio papel en una trama mafiosa de la que quizá salga con la vida intacta y la cartera llena, pero seguro que no saldrá con la conciencia limpia.

En el juego vivimos los últimos días de Boyd al frente de la policía; unas semanas en las que tenemos que hacer malabares entre mantener cierta ley y orden en la ciudad, satisfacer lo suficiente a la mafia como para no acabar colgado de un gancho y cumplir los caprichos de un alcalde (no todos ellos legales) más preocupado por su carrera política que por la ciudad. Y además la jubilación está a la vuelta de la esquina, y hay que buscar la forma de “apartar” algún dinerito extra para no pasar una mala vejez. ¿Es posible intentar hacer las cosas bien? El cementerio está lleno de héroes. Si existe una salida algo más digna no pasa por ser más honrado que nadie, sino más listo.

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Este carácter más bien amoral de la historia de This is the police le ha granjeado ataques por parte de alguna prensa, que lamentan que se zambulla en la amoralidad (en el mejor de los casos) sin una lectura ética de los acontecimientos. En su crítica en Killscreen, por ejemplo, Brent Ables apunta a una escena en particular en la que se nos pide que sofoquemos con violencia una manifestación feminista, y critica que Boyd no tenga ningún cargo de conciencia, que pueda cargar la culpa en sus subordinados. Ables parece ignorar que no es la única forma en la que podemos enfrentarnos al hecho, pero eso es casi lo de menos.

This is the police no tiene por qué tener ninguna obligación ética, ni ofrecer una moraleja, ni explicarnos que lo que ocurre está mal, que lo que estamos haciendo nosotros mismos no es lo correcto. Tampoco es imprescindible que tenga que recordarnos explícitamente que el sexismo o el abuso de poder están mal. Es una historia sobre un policía corrupto en una ciudad corrupta. Sería inaceptable que intentara hacer propaganda racista o sexista, por supuesto, pero no es el caso, como tampoco es éticamente cuestionable el racismo que nos encontramos en las novelas de Raymond Chandler.

Sin tener un guión maravilloso, This is the police está escrito con suficiente oficio como para presentarnos su amarga historia de forma dolorosamente aséptica: lo que hacemos a menudo está mal, y es normal que nos sintamos mal al respecto. Quizá el único problema es no apuntar con más mala leche al mundo real. Weappy Studio, sus autores, aseguran que aunque Freeburg huela a ciudad americana de los 80, en realidad no está ambientado en ningún sitio en concreto. Puede ser que no quieran pillarse los dedos (su país, Bielorrusia, es una dictadura feroz en la que no se aceptaría muy bien un juego declaradamente político; tal y como es ya me extraña que no les haya dado problemas). Puede ser también que prefieran presentar los temas de forma más general: el mundo no se acaba en Estados Unidos, ni es el único país en el que hay polémicas alrededor de la policía. Aún así, por la razón que sea la crítica acaba resultando algo vaga y tópica, y podría tener más sustancia.

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Sobre El Autor

Director de contenidos
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Me llamo Antonio Santo y nací en Málaga en 1985. Estudié (es un decir) Filología Hispánica en Granada, aunque desde que salí de la universidad (sorprendentemente, por mi propio pie) toda mi carrera profesional ha sido en prensa. En 2011 empecé a dedicarme al periodismo de videojuegos en Vadejuegos; un tiempo después me hicieron director de contenidos por mis pecados. Me han dado algún que otro premio por mi obra poética, lo que demuestra que hay gente para todo. Me gusta tocar música, los perros y la buena comida. Llevo sombrero para hacerme el interesante.

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