Es de sabios rectificar cuando uno se equivoca. En más de una ocasión he referido a Yoshi’s Woolly World en términos de juego menor y nada más lejos de la realidad. Donde no daré el brazo a torcer es en su carácter improvisado, ya que el desarrollo de Good Feel bebe directamente de Kirby’s Epic Yarn, lanzado por el estudio en 2010. Casi podríamos hablar de secuela espiritual, lo que no minimiza en absoluto los méritos de este plataformas a la antigua usanza. 

Sepan los incondicionales de Yoshi’s Island que Woolly World es un digno representante de la franquicia, con sus señas de identidad intactas. Precisamente, la última entrega para Nintendo 3DS despertó críticas por su continuismo y escasa dificultad, factores que podrían mermar la puntuación media del título que nos ocupa. No me resultaron inconvenientes entonces y tampoco ahora, tras haber completado sus más de 50 niveles. 

Dudo, de hecho, que el resto de mis compañeros se ceben con esta preciosidad. No me importa sonar ñoño, porque el apartado artístico es sin duda el más original de cuantos hayan pasado por la nueva tanda de consolas. Si el glotón rosa sobrevoló escenarios cosidos, los de nuestro dinosaurio están tricotados, a inspiración del fenómeno conocido como amigurimi (tejido de muñecos en miniatura tirando de croché). 

Yoshi’s Woolly World resulta uno de esos juegos que disfrutas tanto mirando como controlando. Lo descrito a continuación podría considerarse spoiler flagrante, pues parte de la gracia reside en descubrir cómo Takashi Tezuka implementa las diferentes técnicas en el diseño de fases. Porque los descosidos, la felpa o el velcro son algo más que recursos visuales, impactan significativamente en la jugabilidad. Yoshi no dudará en tirar de cualquier hilo saliente, colgarse de lianas lanudas e incluso trazar plataformas algodonosas previa absorción enemiga. ¡Hasta tricotamos a Chomp Cadenas y los vergonzosos Boo en propio beneficio!

El lanzamiento de huevos sigue resultando esencial, sólo que aquí nos sigue una hilera de ovillos, con los que tejer plataformas invisibles, aniquilar amenazas o desentrañar el misterio de las habituales nubes interrogantes. Muchas se ocultan a conciencia, al igual que los coleccionables diseminados por unos escenarios en ocasiones laberínticos, repletos de áreas recónditas. 

Alcanzar la ruleta de final de nivel supone rascar la superficie del juego. En una segunda vuelta haremos bien en localizar flores (desbloquean un nivel adicional por cada uno de los 6 mundos), madejas (todas las de una fase conforman un Yoshi con sus colores, seleccionable) y gemas con las que adquirir insignias (ayudas tales como disponer de ovillos gigantes o evitar las caídas al vacío). Adicionalmente se nos pide completar cada recorrido con nuestro indicador de corazones intacto. Tan sólo si afrontáis dichos retos, entenderéis Woolly World un desafío más que un paseo.

Los menos duchos cuentan con infinidad de atajos para alcanzar los títulos de crédito. A las mentadas insignias se suma el “modo relajado”, que nos concede un par de alas para planear a voluntad. No hay vidas que valgan, cada sección puede reintentarse un número ilimitado de ocasiones y si perecemos más de la cuenta, Nintendo remata la faena con un huevo de invencibilidad. Tampoco es que los enemigos finales protagonicen luchas encarnizadas: los hay recurrentes y contundentes, pero en general desaprovechados por sus repetitivas (e ineficaces) rutinas. 

Woolly World es disfrutable en líneas generales… también junto a un amigo. Por contra de otras experiencias multijugador (te miro, New Super Mario Bros. U), los de Kioto aciertan con una dinámica cooperativa muchas veces imprescindible para desvalijar los senderos al 100%. Destaco además la variedad de estos últimos, con entornos selváticos, costeros, desérticos, helados… Da gusto ver esas cataratas, palmeras o catacumbas de ganchillo, repletas de plataformas mullidas, que se hunden a cada pisada. También erradican la monotonía diferentes metamorfosis (algo similar a lo visto en New Island o el más reciente Pincel Arcoíris): minijuegos contrarreloj donde Yoshi hace las veces de motocicleta, topo e incluso bombadero por mentar sólo unos pocos. 

La banda sonora recoge temas muy inspirados, que trascienden al acompañamiento para metérse en nuestra cabeza, tarareos mediante. Tardaréis unas 10 horas en completar el juego con prisas, el doble para encontrar todos los ítems. Os aguarda además una carpa de desafíos, donde enfrentaros a versiones potenciadas de los jefes finales. 

Curioso el protagonismo, finalmente, de los Amiibo. Si acercamos al GamePad alguna de las más de 40 figuras compatibles, desbloquearemos su patrón en el “Alfiletero Amiibo”. El dinosaurio se traviste así de Mario, Sonic, Pac Man e incluso Inkling. El Amiibo del propio Yoshi, por su parte, desbloquea la caótica posibilidad de controlar dos personajes a un tiempo. 

En conclusión

Yoshi’s Woolly World es un plataformas clásico, que respeta los cánones de la franquicia al tiempo que los envuelve con un apartado gráfico preciosista. Un juego que disfrutarán todos y cada uno: quien se limite a ver, quien tome el mando, quien no guste de grandes retos o quien busque todo lo contrario. No es un juego menor, sino una producción cuidada. Quizás la última de Wii U (obviando al próximo The Legend of Zelda) que acumule varios años en desarrollo. El contrapunto al buen diseño de niveles son, eso sí, unos jefes testimoniales.

Sobre El Autor

Redactor Jefe

Licenciado en periodismo por la Universidad de Málaga, siempre con el propósito de especializarse en ocio electrónico y nuevas tecnologías. Actualmente reside en Madrid, donde ejerce como Jefe de Redacción para esta revista. En su década de experiencia ha prestado servicio a grupos de referencia como Axel Springer (Hobby Consolas), Dixi Media (La Información), Gamereactor (división española) o Hipertextual (Ecetia, AppleWeblog y ALT1040).

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