Mi cuervo (Raymond Carver)

Un cuervo voló hasta el árbol que se ve desde mi ventana.
No era el cuervo de Ted Hughes, el de Galway,
el de Frost, el de Pasternak o el de Lorca
o uno de los cuervos de Homero, lleno de sangre
tras la batalla. Éste era solo un cuervo.
Uno que no encaja en la vida de nadie
o que haya hecho algo digno de mención.
Se posó allí en la rama por unos pocos minutos.
Luego se alzó y bello voló
de mi vida.

Este artículo contiene spoilers de Firewatch.

Los estadounidenses hacen algo especialmente bien: mirarse al ombligo. Una gran proporción de su arte es una reflexión sobre su forma de vida, sus orígenes, sus problemas y sus usos y costumbres. El arte estadounidense le ha dado muchas vueltas a lo que es la vida en las zonas rurales del Medio Oeste. Esos sitios alejados de las costas, encapsulados, aparentemente autárquicos, en el que se presume de vida sencilla, de las bondades de establecerse en comunidades autogestionadas y en donde el forastero siempre es alguien que viene a perturbar la paz. La inquietante idea de que ahí nunca pasa nada que se salga del guión.

Si alguien visita alguna de las grandes ciudades de la costa de EE.UU como Nueva York, Boston, Miami, o Los Ángeles, siempre va a haber alguna persona que te recuerda, casi con condescendencia (en este caso un paternalismo con mucho fundamento), que eso “no es la verdadera América”. Si quieres conocer lo que es este país ve al centro. Ve a Tennessee, Michigan, Ohio, Luisiana. Ve donde la gente vive como si no existiera nada más allá de su pueblo. Ve a esos sitios que parecen no existir sobre los que escribieron Raymond Carver, William Faulker, Cormac McCarthy y tantos otros. Ve a los paisajes que dibujó Edward Hopper. O ve hasta Firewatch.

En esas obras lo importante son las historias de personas que no destacan, los dramas diarios, las mezquindades que ocultamos a los demás, la sensación de vacío, las adicciones, la violencia latente o explícita de los lugares sin ley, pero también las pequeñas alegrías, los placeres de la sencillez, el negocio local, la fraternidad entre iguales. Estampas que se incrustan en paisajes inmensos, sublimes en el sentido de terribles y desoladores, pero a la vez pura belleza; el paisaje exterior es la ventana al interior de los personajes. Una metafísica del ser humano que imbrica los estados de ánimo con la naturaleza que le rodea, donde el metal, el hormigón, los rascacielos, y los problemas de los trabajadores urbanitas sobre la bolsa, las acciones, qué apartamento alquilar, ¿taxi o Uber para volver a casa?, quedan tan lejos en tono, ambiente y distancia como Kamchatka de Madrid. Un arte que captura las sensaciones a través del paisaje.

Existen tantos ejemplos que sería descabellado tratar de abordarlos todos aquí. Voy a centrarme en Raymond Carver, uno de los escritores más destacado del siglo XX en EE.UU. En el lado del videojuego, voy a contraponer las estampas de Carver con las que nos propone Firewatch (Campo Santo), Black Gold (Conor Mccann) y algún que otro detalle sobre Orchids To Dusk (Paul Clarissou). El fantasma del pintor Edward Hopper los sobrevuela a todos.

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