La obra de Tolkien es fundamental para la cultura popular del siglo XX por muchas razones. Sus libros son la pieza fundacional de la fantasía épica, por no decir de la fantasía en general. Hay obras de fantasía desde siglos antes, toda una tradición desde la novela de caballería tipo Amadís de Gaula hasta la espada y brujería de Robert E. Howard y Fritz Lieber. Sin embargo, es Tolkien quien populariza el género, asienta sus bases, inventa algunos de sus iconos más importantes y hasta, por así decir, crea una técnica de escritura (el world building). Su influencia sobre los juegos de rol (desde el primer Dungeons & Dragons) y los videojuegos es tan obvia que no hace falta detallarla.

No obstante, que una novela tenga el reconocimiento de ser lectura imprescindible no quiere decir que uno se la haya leído ni, por supuesto, que llegado el intento tenga que gustarle. De repente llega un juego como Sombras de Guerra, y quizá alguien tenga ganas de jugarlo pero no entienda de qué va nada de esto y no tenga ganas de leerse las 1500 y pico de páginas del libro o de sentarse a ver las nueve horas de la trilogía de películas de Peter Jackson. El estilo de Tolkien tiene su miga, y aunque a mí personalmente me guste, entiendo que a alguien pueda parecerle lento, con demasiado detalle en las descripciones, con más personajes de los que un ser humano puede seguir sin tomar notas en una libreta y, siendo francos, con unos cuantos poemas más bien prescindibles.

Para toda esa gente, aquí van unas cuantas líneas que pueden servir de introducción a la obra de Tolkien. No obstante, por si cuela, os recomiendo de corazón que os acerquéis a sus novelas. Entiendo que pueden parecer difíciles de masticar, pero igual os lleváis una agradable sorpresa. Cronológicamente, el orden de lectura “correcto” sería empezar por el Simarillion, continuar con El Hobbit y pasar después a El Señor de los Anillos. No obstante, el Silmarillion es un libro difícil y espeso, casi más un libro de mitología que una recopilación de cuentos (pues fue escrito a posteriori por el hijo de Tolkien a partir de obras inconclusas y notas de su padre). Habitualmente se entra en este mundo por El Hobbit, prácticamente una novela para adolescentes, para seguir con El Señor de los Anillos. Dicho todo esto, poneos la cota de mallas de mithril y ceñíos la espada élfica al cinto, que allá vamos.

Arda y La Tierra Media

Arda es el mundo creado por Tolkien, en el que ocurren todas las historias de su obra. La Tierra Media es el continente en el que transcurren todas las aventuras de El Señor de los Anillos y El Hobbit, así como buena parte de las del Simarillion, pero no es el único. También está Aman, el continente en el que viven los Valar (ver más adelante) y los Altos Elfos. Hay otros lugares, como la Tierra Oscura, pero son irrelevantes o sólo se mencionan de pasada. En su origen Arda era una tierra plana, y se podía viajar desde la Tierra Media a Valinor sin problemas. Tras la caída de Númenor (también ver más adelante), Arda fue reformada como una esfera, y el camino a Aman quedó oculto para siempre salvo para unos elegidos.

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Los Valar

Son un grupo de seres angélicos que gobiernan Arda en nombre de Eru Ilúvatar. Tolkien era un devoto católico, y su fe se refleja en el monoteísmo de su obra. Ilúvatar es un dios creador todopoderoso, a semejante del Dios cristiano, pero no influye directamente sobre su creación. Los Valar son sus primeras creaciones, seres de enorme poder que colaboran con él en la creación del universo, y que después son enviados a éste para gobernarlo en su nombre. El más poderoso de todos ellos, Melkor, cae en desgracia por su orgullo y se convierte en Morgoth, “El Enemigo Oscuro del Mundo” (como ocurre en la mitología cristiana con Lucifer, el primero de los ángeles). Morgoth es la personificación misma del Mal, y tras causar enormes daños a toda Arda durante milenios, las fuerzas combinadas de los Valar, los Elfos y los Hombres lograron destruir su forma física, exiliarlo al Vacío y disolver sus ejércitos.

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Los elfos

Son los primeros Hijos de Ilúvatar, las primeras criaturas nacidas en Arda. Ni la edad ni las enfermedades les afectan, aunque sí pueden sufrir muerte violenta; no obstante, su alma está ligada a Arda, y si su cuerpo muere no vuelve a Ilúvatar ni desaparece, sino que viaja hasta Valinor. Allí permanecerán en los salones de Mandos, el palacio del Valar que ejerce como Juez de los Muertos, hasta el fin de los tiempos cuando Arda será rehecha libre de todo mal y de la influencia de Morgoth. La trágica historia de los elfos es larguísima y compleja, pero no es necesario conocerla a fondo para entender Sombras de Guerra. Baste decir que son los principales protagonistas de la Primera y la Segunda Edad (épocas en las que se divide el tiempo en Arda), tanto por sus grandes creaciones y su lucha incesante contra Morgoth y el mal que éste representa como por sus propias mezquindades, traiciones y luchas internas. El enorme poder de esas épocas se ha ido desvaneciendo: aquellos elfos eran capaces de plantar cara en combate singular a las criaturas más poderosas de Morgoth, como los dragones y los balrogs. En la época del juego (el final de la Tercera Edad) prácticamente nadie puede esgrimir un poder como el de antaño: los elfos son sólo una sombra de lo que fueron. Su tiempo se acaba, y muy pronto todos regresarán a Valinor y dejarán la Tierra Media para la humanidad, que habrá de ser la protagonista de la Cuarta Edad en adelante. Los elfos de las primeras Edades son guerreros temibles, artesanos inigualables, poderosos hechiceros y grandes sabios, aunque también son en muchas ocasiones orgullosos y arrogantes.

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Sobre El Autor

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Me llamo Antonio Santo y nací en Málaga en 1985. Estudié (es un decir) Filología Hispánica en Granada, aunque desde que salí de la universidad (sorprendentemente, por mi propio pie) toda mi carrera profesional ha sido en prensa. En 2011 empecé a dedicarme al periodismo de videojuegos en Vadejuegos; un tiempo después me hicieron director de contenidos por mis pecados. Me han dado algún que otro premio por mi obra poética, lo que demuestra que hay gente para todo. Me gusta tocar música, los perros y la buena comida. Llevo sombrero para hacerme el interesante.

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