Si analizamos la literatura relacionada con el término “estéticas lúdicas” podemos ver que  está agrupada alrededor de tres grupos principales de significados que tienen que ver con los fenómenos sensoriales visuales, auditivos, táctiles o corporales que el jugador encuentra en el videojuego, con aquellos aspectos que los videojuegos comparten con otras formas de arte y con la experiencia de juego que proporciona el medio y que está relacionada con la experiencia estética propia que provee [1].

Quizá la estética más reconocida, en relación a los videojuegos, sea la estética visual derivada de los gráficos de las primeras consolas o Pixel art. Y sin embargo la estética videolúdica no debe ser confundida ni reducida a la estética visual del medio, tiene que ser entendida como la estética que deriva de la interactividad del medio. Motivo por el cual en el presente artículo nos centraremos en el últimos grupo de significado, es decir, con la experiencia estética derivada de la experiencia de juego.

kirby_8_bits_by_sumomogirl1En la actualidad, los videojuegos son uno de los medios imprescindibles de la creación artística y quizá el dispositivo artístico cultural más potente de los últimos tiempos. Además son una compleja forma de arte en la que formas artísticas clásicas como la música, las artes visuales y la narratividad se integran para generar experiencias interactivas e inmersivas. Las cualidades específicas que derivan de este tipo de experiencia son las que hacen que la experiencia videolúdica sea única y diferenciable de otro tipo de experiencias estéticas. Es por ello que tienen una doble vertiente de estudio: permite abordar de forma novedosa dichas disciplinas y a la vez expande el campo teórico de la crítica y la filosofía del arte y la estética.

De forma simplista, tenemos que entender el videojuego como un juego remediado, es decir, un juego mediatizado por la tecnología. La plataforma tecnológica, lo que se conoce como el aparato remediador, impone las posibilidades interactivas y la experiencia lúdica que nos proporciona, puesto que determina como son las relaciones que se establecen entre el jugador, el aparato remediador y el juego en sí. Las particularidades de la remediación de los videojuegos provoca que la interactividad sea más compleja que la simple relación entre la interfaz gráfica y la física que intervienen en el proceso.

Obviamente el tipo de control, la disposición de los elementos en la pantalla, las metáforas de información, el tipo de navegación o la retroalimentación informativa son importantes y sin embargo su “usabilidad” depende de lo divertido que sea. Es decir, lo importante de un videojuego es lo divertido y jugable que es. La característica que mide esta calidad es la jugabilidad. Como tal, la jugabilidad mide cómo es la experiencia de un jugador al interactuar con un videojuego y que tiene su correlación con los niveles que lo componen y que serán descritos posteriormente.

La experiencia de juego depende, en última instancia, de la interacción entre el jugador y las limitaciones que impone el diseño del juego como tal. Para entender cómo funciona esta interacción entre el jugador y el juego, y por ende la bidireccionalidad del acto de jugar, hay que entender que antes de cualquier partida, antes de cualquier “jugar”, hay unas limitaciones inamovibles que están prefijadas en la reglas que rigen el juego. Estas limitaciones son iguales para todos los potenciales jugadores y es por esta razón que hay que poner de relieve el papel del jugador y sus circunstancias a la hora de jugar.

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Las propias limitaciones del jugador, entendidas tanto como el entendimiento que tiene de cómo se supone que funciona el juego en sí, partiendo de conocimientos previos o no al respecto y sus características como jugador, van a influir totalmente en la experiencia de juego que va a tener. De esta forma es fácil entender que dentro de la experiencia de juego existe un intercambio recíproco entre el juego y el jugador y que, por tanto, no pueden ser entendidos como entes separados. Es importante tener claras estas relaciones puesto que son un factor determinante a la hora de entender como va funcionar la estética videolúdica en tanto expresión de la experiencia de juego.

Por tanto, para analizar la experiencia de juego hay que partir del jugador y sus características. Al fin y al cabo es a quien se dirige y en base a quien se diseña un videojuego. Como jugadores debemos ser conscientes que nuestra competencia como tal, si somos principiantes, avanzados o expertos, nuestros conocimientos y habilidades previas, así como nuestro estilo de juego influirán en las percepciones que tendremos sobre un juego en particular. Y esas percepciones influirán sobre los placeres y emociones que sentimos al jugar el juego y que conformaran nuestra experiencia del mismo y la diversión que nos proporciona jugarlo.

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