Contien­e spoilers importantes de la trama principal de SOMA

La identidad es una noción esquiva, no por poco estudiada o infrecuente, ya que históricamente ha estado sujeta a multitud de análisis (teóricos y empíricos) desde diversas disciplinas (sociales, humanas, artísticas, naturales, técnicas) y es una voz de uso común, cotidiano. Es esquiva en tanto que resulta difícil de definir, entender y articular, incluso teniendo en cuenta lo mucho que ha sido estudiada y que, por cotidiana, su significado parezca evidente. De hecho, constituye una suerte de punto ciego para la sociología, ciencia en la que me muevo, pues estando en el centro de sus preocupaciones (cómo nos pensamos a nosotros mismos y a los demás; qué somos como individuos y como grupo; con quiénes nos identificamos y asociamos, y de quién nos diferenciamos), no es capaz ni de desprenderse de ella completamente ni de explicarla adecuadamente.

Por ello, cuando uno se topa con obras que pueden ayudar a entender las complejidades de una noción que no somos capaces de superar del todo pero que sabemos lastrada e ineficaz, creo que merece la pena detenerse y considerar qué podemos extraer de ella. En este sentido, SOMA, la última creación de Frictional Games (2015), es un tratado sobre la identidad en formato videojuego. Es un título que sirve, además, para explorar muchos otros temas, como aquellos relacionados con la existencia (humana y no-humana), las relaciones personales, las nociones de agencia y libertad, el miedo al otro y a uno mismo, la idea de decadencia, el descenso hacia lo desconocido, y un largo etcétera. En mi opinión la obra de Frictional ha pasado más desapercibida de lo que merecía, puesto que las lecturas y debates que fomenta encierran una gran potencialidad.

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En cualquier caso, SOMA es un contenido excelente que nos ayuda a reflexionar en torno a la noción de identidad. Por ejemplo, nos plantea revisitar el viejo debate sobre la identidad como continuidad, como lo que permanece idéntico a sí mismo en contraposición a una idea de identidad como proceso, como experiencia fragmentada, múltiple y discontinua. Pero esa es una discusión que me gustaría abordar en otro momento. En esta ocasión me centraré en un aspecto de la cuestión de la identidad que considero que SOMA trata con sumo acierto: la importancia de sus soportes materiales, los cuerpos, y el giro hacia un paisaje social híbrido y posthumanista.

Probablemente es la teoría feminista desde donde mejor se han abordado estas cuestiones, puesto que tradicionalmente ha puesto su foco en la identidad de género, cuya naturaleza transversal (la distinción de género es común a prácticamente toda sociedad y cultura en el tiempo y el espacio) ha facilitado una revisión del problema de la identidad y de cómo es fruto de determinadas relaciones de poder, principalmente, lo que Judith Butler denomina matriz heterosexual (1999). La matriz es un esquema de inteligibilidad cultural donde se naturalizan las categorías de sexo, género y deseo, que asume que para que los cuerpos sean coherentes ha de existir un sexo estable que se exprese a través de un género estable (lo masculino es expresión del hombre, lo femenino de la mujer) definido por la práctica normalizada de la heterosexualidad.

“SOMA es un tratado sobre la existencia, las relaciones personales, las nociones de agencia y libertad, el miedo al otro y a uno mismo”

Esta transversalidad de la identidad generizada también facilita los debates en torno a la interseccionalidad, las posiciones de subalternidad que ocupan diversos actores que comparten una o más características de las categorías “marcadas” (esto es, las discriminadas) dentro de los grandes contenedores de la identidad que son el género (mujeres), el origen étnico (los no-blancos), la sexualidad (lo queer) o la clase (los trabajadores, los pobres) entre otros. Es, pues, desde el feminismo, y en particular su vertiente postmoderna, donde se han dibujado algunas de las ideas más sugerentes acerca de la identidad que giran en torno a su carácter construido, a la importancia de sus soportes materiales, y a sus derivas protésicas y posthumanistas.

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