A la pregunta de si jugarías algo aburrido por el mero hecho de ser bonito, mi respuesta siempre ha sido afirmativa. Purista de los gráficos, esta generación de consolas me ha decepcionado en grado sumo, especialmente tras instalarse los primeros paneles 4K con tecnología HDR. De ahí que me interesase por el segmento de compatibles, mercado que para algunos medios lleva años en declive. Tal así que la venta de ordenadores pensados para jugar se ha incrementado sustancialmente durante el último lustro: por muy negro que pinten su futuro, las editoras siguen considerando al PC respecto a sus lanzamientos multiplataforma.

Ya que daba el salto, tenía que hacerlo bien. Adquirí una torre amplia, sobria y estilosa, a la que mandé instalar un procesador último modelo, cantidad indecente de RAM y una tarjeta gráfica de las que te tienen varios meses comiendo pasta con tomate. Mi última experiencia con esto del PC gaming se remonta a Windows 95, cuando la mera ejecución de software suponía todo un quebradero de cabeza. Por suerte, la irrupción de Steam como contenedor definitivo (y su interfaz para salón, Big Picture) acercó la accesibilidad de consolas al monitor.

GTX 108o Ti mediante, me encontré varios pasos por delante de PlayStation 4, gozando de resoluciones elevadísimas sin perjuicio en la tasa de frames. No hay mayor placer que ajustar al máximo todas las opciones gráficas: texturas nítidas y detalladas, ni rastro de asincronismo vertical, horizontes sin distancia de dibujado… Como decía, los envoltorios bonitos me dan la vida y consiguen tenerme horas fulminando enemigos para disfrutar de la siguiente estampa. Pero éste no es un artículo sobre las bondades, sino los inconvenientes de cambiar gamepad por ratón y teclado.

Con los meses he descubierto que jugar en PC es del todo menos previsible. Padecí los desastrosos lanzamientos de Batman: Arkham Knight y Mortal Kombat X, impracticables por su carencia de optimización. Paradójicamente, invertir miles de euros en un equipo último modelo no garantiza jugar sin preocupaciones y la culpa recae en los estudios de desarrollo, sometidos a la presión de sus editoras. No olvidemos que cada equipo es un mundo, por lo que garantizar un rendimiento universal óptimo es cuanto menos imposible. Que se lo digan si no a los desarrolladores de Android, quienes lidian con una fragmentación alarmante.

La tónica de los juegos ‘rotos’ de inicio, supeditados a una actualización, se da mucho más en compatibles. Hasta el punto de esperar varios meses a que sus responsables den con la tecla y merezca la pena el desembolso. ¿Cuántos habéis adquirido un título de lanzamiento para daros cuenta de que no podíais jugar apropiadamente? Aunque la plataforma de Valve admite reembolsos, no así el resto, encontrándonos desamparados ante un producto defectuoso. Ojo, hablamos de casos en los que se cumplen sobradamente las especificaciones mínimas y/o recomendadas.

Paradójicamente, invertir miles de euros en un equipo último modelo no garantiza jugar sin preocupaciones

El colmo llega cuando se aplica la actualización y se rompe aquello que no lo estaba, o se perjudica a un segmento de usuarios que hasta la presente no había detectado problemas. Hablamos de errores gráficos, pero también cuelgues. Por ejemplo, ciertos juegos deciden no arrancar cuatro de cada cinco veces, en un PC sobradamente preparado y dedicado en exclusiva al ocio electrónico. En estos casos no queda otra que reiniciar la máquina y cruzar los dedos, a menos que uno sea experto en informática y descubra el problema entre el pajar de archivos.

Pero han sido los mandos los que mayores frustraciones me han provocado. Algo tan sencillo como conectarlo y jugar se convierte en todo un suplicio, especialmente en lo que al Bluetooth Controller de Xbox One respecta, en teoría compatible automáticamente con Windows 10. Juegos como STEEP se vuelven absolutamente locos con este modelo, por lo que no queda otra que jugar con cable. Poco ha importado a los de Annecy que cientos de usuarios reportásemos el problema, esperanzados de su resolución con cada update (y ha habido bastantes desde el pasado diciembre). También me viene a la cabeza The Evil Within, que adquirí hace poco aprovechando los saldos para darme cuenta de que no había forma de jugarlo con gamepad. Internet está lleno de tutoriales en vídeo para hacerlo funcionar, pero ninguno ha dado resultado. Y no es que el juego se lanzase sin soporte: cuando uno conecta el Xbox One Controller la interfaz se adapta a sus botones, pero no consigues pasar del menú. En este sentido, consultar foros de discusión se hace indispensable para no encontrar sorpresas desagradables al clicar el .exe.

Mi última desavenencia ha venido dada por Dead or Alive 5: Last Round, que también ejemplifica esos juegos veteranos abandonados a su suerte, por mucho que las partidas en línea copen buena parte de su propuesta. Todo marchaba bien hasta que ayer mismo lo ejecuté, superponiéndose un mensaje en el menú de inicio: “Has conseguido un nuevo título”. “Gracias”, pensé, “pero ahora me gustaría jugar”. No importa la tecla o botón que pulse, que la notificación sigue presente impidiéndome iniciar partida. Un vistazo a Google confirmó que no soy el único, que el glitch aparece mágicamente y que nadie ha conseguido resolverlo en meses.

Convengo que el PC gaming es fabuloso cuando todo funciona, pero también frustrante cuando, de buenas a primeras y sin razón aparente, deja de hacerlo. Contras que a muchos nos compensan por las florituras gráficas con que los usuarios de consola tan sólo sueñan… y por los precios sensiblemente inferiores, para qué engañarnos.

Sobre El Autor

Redactor Jefe

Licenciado en periodismo por la Universidad de Málaga, siempre con el propósito de especializarse en ocio electrónico y nuevas tecnologías. Actualmente reside en Madrid, donde ejerce como Jefe de Redacción para esta revista. En su década de experiencia ha prestado servicio a grupos de referencia como Axel Springer (Hobby Consolas), Dixi Media (La Información), Gamereactor (división española) o Hipertextual (Ecetia, AppleWeblog y ALT1040).

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