La controversia en torno a las puntuaciones de The Order: 1886 y su triunfo en ventas evidencian una vez más la desconexión entre el periodismo sobre videojuegos y sus lectores. Sumamos unos cuantos años de desprestigio, agravado por la consolidación de los medios en línea. La ganancia de inmediatez respecto a las publicaciones impresas trajo consigo toda clase de contrapartidas.

Tras una década frente al teclado, dedicado en cuerpo y alma a los medios digitales del ocio electrónico, uno ha visto lo suficiente para atestiguar la ineficacia de los actuales baremos de puntuación. Comentaba hace poco el acierto de Eurogamer al reconvertir sus críticas, hasta ahora redactadas en torno a una cifra sobre escala decimal. Muchos son los medios empeñados en preservar dicha herencia de las reseñas en papel, aunque cada vez esté más claro que los números no hacen justicia al todo de la experiencia jugable.

En esta disyuntiva, los visitantes han perdido el respeto por las líneas editoriales y juegan al morbo de la comparativa. La culpa es de quienes desvirtuamos el concepto de review por análisis, manuales de instrucciones pretendidamente objetivos, cuando el género periodístico alude a la subjetividad. Reivindicar la transmisión de impresiones más que la disección y evitar con ello el scroll hasta ese 7 sobre 10 (que de algún modo se ha convertido en suspenso) parece lo más sensato por nuestra parte. Mantengo pues aquello de que cuanto menos concreto un sistema de valoración, más justo.

Pero las lacras de la prensa especializada no se limitan a sus juicios de valor, también a su feroz competencia por arañar visitas. La viabilidad comercial de cualquier cabecera pasa por superar cierto umbral de visitantes, lo que a menudo deriva en prácticas nocivas para la redacción. Hablamos de la tiranía de los motores de búsqueda y las técnicas de SEO, que han inundado la red de piezas clónicas, a publicar en el menor lapso de tiempo posible. Cada medio contrata a su experto en posicionamiento, quien retoca titulares y estilos hasta invalidar las habilidades de un redactor avergonzado de firmar sus textos, resignado igualmente por saber que los mandatos se traducen en visitas y que éstas garantizan otro mes de sueldo. 

La tiranía de los motores de búsqueda y un modelo de reseñas caduco amenazan la originalidad de contenidos y socavan la credibilidad de los medios especializados

Las palabras clave en negrita también han asfixiado la originalidad. No hay cabida para titulares ingeniosos mientras no resulten descriptivos a rabiar. El articulismo de opinión anacrónico languidece conforme se publica la enésima enumeración de "parejas del videojuego" por el día de San Valentín o mejores juegos basados en películas galardonadas con el Óscar. La esperanza última para la reflexión radica en aquellos sitios sin vocación comercial y así será mientras la necesidad de contratos publicitarios obligue a seguir un mismo patrón editorial. 

La difusión del rumor es otra práctica de la que nos resultará complicado escapar. Si el primero que publica gana, ¿cómo resistirse a informar de tal o cual cuchicheo sin contraste alguno de información? Pocos recurren luego a la fe de erratas, en parte porque teclearla no arrojará ganancia alguna de credibilidad o visitantes. Muchos titulares han dejado de informar para llamar la atención con dobles sentidos, sentencias incompletas o interpretaciones intencionadamente inexactas. Tanta culpa tienen los que los escriben como quienes pinchan en el enlace de turno en Twitter o Facebook.

La cuestión se complica cuando los medios generalistas se adentran en el sector informativo del videojuego e imponen un sensacionalismo recalcitrante o aproximaciones excesivamente laxas. No es de extrañar que dichos apartados apenas subsistan un semestre, ya que no tiene sentido demandar especialización en lo inespecífico. Los grandes periódicos digitales optan finalmente por artículos esporádicos y en ocasiones extremistas, a manos de profesionales con pocas horas a los mandos.

No se libran las editoras. Saben que todos publicarán la crítica de su título estrella acorde a una fecha y hora de embargo (competencia feroz por la inmediatez, ya sabéis) y eso nos impide rechistar cuando recibimos las copias entre 24 a 48 horas antes del lanzamiento. Se necesita una plantilla lo suficientemente grande (algo impensable actualmente) como para enclaustrar a un redactor el tiempo de juego que le permita escribir una reseña representativa. Muchas de estas sesiones maratonianas contrarreloj se llevan a cabo sin cobrar horas extra y no siempre con géneros afines. 

Ejemplos de sobra conocidos han derivado en reviews de sobresaliente para productos poco menos que suficientes, ya que el disco remitido a los medios no representaba la versión final del producto y la publicación en fecha de embargo urgió a creer las promesas de la compañía. Luego llegan los parches y la inevitable pérdida de credibilidad con la que abría esta disertación. Razones más que suficientes para erradicar los defectos aprendidos del periodismo sobre videojuegos, un sector que merece reivindicación por parte de quienes lo sustentamos… curiosamente sus mayores críticos impasibles.

Sobre El Autor

Redactor Jefe

Licenciado en periodismo por la Universidad de Málaga, siempre con el propósito de especializarse en ocio electrónico y nuevas tecnologías. Actualmente reside en Madrid, donde ejerce como Jefe de Redacción para esta revista. En su década de experiencia ha prestado servicio a grupos de referencia como Axel Springer (Hobby Consolas), Dixi Media (La Información), Gamereactor (división española) o Hipertextual (Ecetia, AppleWeblog y ALT1040).

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