El sistema de realidad virtual Oculus Rift anunció ayer sus precios de lanzamiento; por si queda alguien a quien no le haya llegado el ruido de las redes sociales al respecto, estamos hablando de un precio en Europa de 741€ incluyendo el envío. Y eso, por supuesto, sin contar el PC con la potencia y la tarjeta gráfica necesarias para hacerlo funcionar. Palmer Luckey, fundador de la compañía (que sigue siendo uno de sus altos directivos tras la compra por Facebook) ha justificado el precio asegurando, básicamente, que la calidad del producto bien vale ese dinero.

No me cabe duda de que las gafas Oculus Rift son un dispositivo excelente y que ofrecerá una calidad de imagen muy superior a la de un hipotético competidor a mitad de precio; pero la calidad no es argumento por sí solo para convertir un producto en un éxito de masas. Oculus Rift puede despedirse de su objetivo de convertirse en el estándar de la realidad virtual, ponerla de moda y generalizar su uso.

Por supuesto que las Oculus se habrán agotado ya entre los usuarios especializados, pero eso es predicar para los ya convencidos. Lo difícil es lograr que mi padre quiera unas, y para eso primero hay que demostrarle que pueden serles útiles… y segundo, ofrecerle un producto que se pueda permitir. Luckey pretende ignorar lo obvio: los coches de alta gama también ofrecen muchas más prestaciones que un utilitario normal y corriente, pero por la calle se ven menos Ferrari que Seat Panda.

Oculus Rift puede despedirse de su objetivo de convertirse en el estándar de la realidad virtual, ponerla de moda y generalizar su uso

Sony está frotándose las manos ante este follón. Si juegan sus cartas con un mínimo de inteligencia, la multinacional japonesa va a ganar sin salir al campo, del mismo modo que ganaron la guerra contra Xbox One más por los errores de Microsoft que por sus propios aciertos. Cuando hay competencia por convertirse en el primer estándar de una nueva tecnología, habitualmente se lleva el gato al agua el producto más asequible, no el más potente. Oculus Rift ha hecho el trabajo sucio de poner el asunto en el candelero y tomar el pulso al mercado; Sony no tiene más que anunciar un Project Morpheus a un precio razonable para reconducir a su favor toda la indignación que ha generado Oculus.

No sé si será este año o aún habrá que esperar más tiempo, pero no me cabe duda de que la realidad virtual se va a poner de moda en breve. A la industria de la tecnología de consumo le viene muy bien que aparezcan nuevas categorías de productos cada cierto tiempo para sacudir un poco el ambiente, y también al público le gusta ilusionarse de vez en cuando. Pero una cosa es que se ponga de moda un tiempo y otra muy distinta que se convierta en un elemento habitual, en algo que más o menos todo el mundo tiene en casa.

Si eso ocurre no será gracias a dispositivos de alta gama, sino más bien a productos pequeños y baratos que cualquiera puede permitirse, y que de paso sirven para demostrar de qué es capaz una tecnología. Aunque es sabido que ninguna marca gana tanto como Apple, en el mundo hay más smartphones Android de baja gama que iPhone. En el mercado de la realidad virtual habrá sitio para productos de alta gama; pero para que se convierta en un producto de masas hacen falta más Google Cardboard que Oculus Rift.

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Sobre El Autor

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Me llamo Antonio Santo y nací en Málaga en 1985. Estudié (es un decir) Filología Hispánica en Granada, aunque desde que salí de la universidad (sorprendentemente, por mi propio pie) toda mi carrera profesional ha sido en prensa. En 2011 empecé a dedicarme al periodismo de videojuegos en Vadejuegos; un tiempo después me hicieron director de contenidos por mis pecados. Me han dado algún que otro premio por mi obra poética, lo que demuestra que hay gente para todo. Me gusta tocar música, los perros y la buena comida. Llevo sombrero para hacerme el interesante.

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