Todo el mundo tiene marcados ciertos límites, una línea a partir de la cual se desatan los infiernos: hay quien sabe que si le llaman tal o cual cosa se arranca la camisa y se pone de color verde; otros están a un paso de convertirse en hombre lobo cuando se suben al coche o si les tocan al perro. Si se cruza esa línea, pensamos, podemos volvernos locos (hasta cierto punto) y nadie podría reprochárnoslo éticamente. Y a veces estamos tan quemados con alguien, o con una situación, que no es que sepamos que si pasa tal o cual cosa la vamos a liar: es que estamos deseando que ocurra, que nos provoquen, para poder Castigar Con Gran venganza Y Furiosa Cólera A Aquéllos Que Pretendan Envenenar Y Destruir A Mis Hermanos sin sentir ningún remordimiento moral.

Más o menos ésa es la idea del indie Party Hard; el juego arranca con un hombre que, al no poder conciliar el sueño por el fiestón que tienen montado los de arriba, sube a incorporarse a la fiesta y, bueno, los mata a todos. De formas muy creativas. Y luego, ya que está, sale a la ciudad a seguir poniendo en su sitio a todos esos fiesteros que no dejan dormir a sus vecinos.  Que no es que yo apruebe ese, ejem, comportamiento, pero como víctima hasta hace poco de vecinos que pensaban que cantar y tocar las congas a las cuatro de la mañana a diario es una idea fantástica, no he podido dejar de sentir cierto placer perverso al envenenar el ponche, incendiar la cocina y electrocutar a todos esos cabr**** ruidosos.

¿DE DÓNDE SALE PARTY HARD?
Como otros muchos exitosos juegos independientes de los últimos años, Party Hard nace en una game jam. Sus creadores, los rusos Pinokl Games, tenían experiencia creando juegos casuales y familiares; en aquella jam se desquitaron con un producto totalmente distinto. Su pequeño juego circuló por todo Internet en páginas de minijuegos gratuitos y se dio a conocer a través de Youtube y Twitch. Aquel prototipo se convertiría en el primer nivel de Party Hard cuando la distribuidora Tiny Build decidió reunir al equipo para financiar el desarrollo de una versión extendida del juego.

Party Hard es principalmente un juego de sigilo: lo más importante es que la policía no nos pille en pleno asesinato en masa. La principal forma de matar del Asesino de la Fiesta (el protagonista principal; podemos ir desbloqueando nuevos personajes con habilidades propias) es la clásica cuchillada, pero claro, no podemos liarnos a navajazos en mitad de la pista de baile. Tenemos que ser pacientes, acechar a los fiesteros solitarios, a las parejitas que se alejan de la multitud o al pobre desgraciado que va a servirse una copa a la cocina; y después alejarnos rápidamente del cuerpo para que el borracho de turno no sume dos y dos al vernos cuchillo en mano al lado de un cadáver.  

Lo mejor del juego son las trampas que podemos plantar aprovechando el escenario, unas trampas que, además, se reparten de forma aleatoria al empezar cada nivel, de forma que una nueva partida nunca es exactamente igual a la anterior. Podemos sabotear máquinas para que exploten al usarlas, envenenar la comida, colocar una bomba casera o cabrear a un toro que pasaba por allí (¿?), por poner sólo unos ejemplos; y los mejores momentos de Party Hard son aquellos en los que logramos combinar estas trampas para causar la mayor destrucción posible. Por ejemplo: causar una electrocución en un escenario para provocar que todos los que están en él huyan por bambalinas, donde se encuentran con un mortal incendio.

partyhardParece inevitable que Party Hard nos recuerde a primera vista a Hotline Miami por su violencia desatada, gráficos pixel art y música machacona; pero las propuestas son radicalmente distintas. En Party Hard el sigilo es clave para lograr “limpiar” cada escenario de gente; en realidad es un juego de ritmo muy lento. Cada vez que alguien encuentra un cuerpo llama a la policía; el viejo sargento bigotudo que aparece en la escena del crimen se limita a meter los cadáveres en bolsas… salvo que haya algún sospechoso, claro. Si alguien nos ve cometer un asesinato y nos denuncia es más que probable que terminemos detenidos, y cuanta más gente se vaya encontrando cuerpos muertos más posibilidades hay de que el policía a punto de jubilarse deje paso al FBI o a un equipo de SWAT con el gatillo fácil.

Es posible huir con éxito (y me encanta que la frase que suelta el policía al dejar de perseguirnos sea “I’m too old for this shit”), pero muy difícil: parece que el Asesino de la Fiesta tiene menos capacidad pulmonar que Joaquín Sabina, así que apenas puede correr. Salvo que estemos cerca de una de las escasas vías de escape que hay en cada nivel (escaleras o túneles que nos llevan rápidamente al otro extremo de la pantalla), si van a por nosotros estamos perdidos… salvo que podamos hacer caer al agente en alguna trampa; por alguna razón, ni la policía ni los bomberos o paramédicos (que aparecen en ocasiones como respuesta a alguna de nuestras “hazañas”) son inmunes a la puñalada trapera.

Party Hard nos convierte en el “Asesino de la Fiesta”, un vecino harto de ruidosas bacanales

Como guindas del pastel envenenado, en cada nivel hay un pequeño bonus aleatorio para echarnos un cable: elementos como una espada capaz de matar a varios fiesteros de un solo golpe, una bomba casera, ropa de recambio para pasar desapercibido o veneno para echar en las copas suponen una excelente ayuda para terminar de vaciar un nivel de gente. También podemos usar el teléfono para obtener ayuda para la matanza, pero esa ayuda es también aleatoria: lo mismo viene un guardaespaldas capaz de quitarnos de encima a la policía (because reasons) que un pizzero preguntando a todo el mundo quién ha encargado una cuatro quesos familiar (y congregando a la gente alrededor de la pizza), pasando por un equipo de exterminadores de plagas capaz de envenenar ellos solitos a media fiesta.

Entre fase y fase Party Hard nos va contando en tono de novela negra la narración del detective que investiga los crímenes del Asesino de la Fiesta; el súbito tono serio y la trágica conexión del policía con el caso (hasta ahí podemos leer) ofrece un interesante contraste agridulce a la jugabilidad, una doble lectura enriquecedora: basta un pequeñísimo cambio tonal para que la misma historia pase de ser un chiste a un drama siniestro. Lástima que una pésima actuación de voz estropee estas sencillas escenas; habría sido mejor dejar sólo los subtítulos.

Finalmente, los personajes desbloqueables nos permiten rejugar los 10 niveles con estrategias distintas: hay un ninja armado con espada y bombas de humo que se vuelve invisible en las sombras, a cambio de que cualquiera que lo vea llamará automáticamente a la policía; una chica capaz de hacer pelearse entre sí a la gente; y un policía del que nadie sospecha cuando arrastra cadáveres de aquí para allá. Se agradece el extra de profundidad: la estrategia para afrontar cada nivel con cualquiera de estos tres personajes es radicalmente distinta a la del Asesino de la Fiesta.

partyhardSi Party Hard se tomara en serio a sí mismo probablemente sería un juego completamente excesivo (véase el infame Hatred), pero su humor negro y absurdo hace que nos lo tomemos todo como una broma macabra. Osos bailando en mitad de la fiesta, esqueletos que van a echarse un vaso de ponche, trampas tan absurdas como el toro que mencionábamos antes y, bueno, el tono en general del juego construyen toda una broma que aguanta sin perder la gracia lo bastante como para que queramos terminar el juego.

De hecho, al final ese humor es el que sostiene el juego cuando se le ven las costuras: el gran problema de Party Hard es el último tramo de cada nivel, cuando hemos agotado prácticamente todas las trampas y tenemos que esperar pacientemente (a veces demasiado) para apuñalar de uno en uno a los pocos fiesteros que quedan. Estos tramos se hacen tediosos, y cualquier error o precipitación nos obliga a empezar de nuevo el nivel; afortunadamente el humor funciona lo bastante como para que sigamos queriendo ver cuál será la siguiente barbaridad que nos proponga el juego.

Porque, eso sí, el juego tiene más costuras que un Frankenstein cosido con parkinson: Party Hard es tan divertido como irregular. La inteligencia artificial está tan de fiesta como los personajillos a los que masacramos: lo mismo se ponen a bailar otra vez después de ver un montón de cadáveres que caen dormidos en un rincón; que un altavoz te explote y se incendie a dos metros no es razón suficiente para salir corriendo. Nunca tienes muy claro a qué distancia la gente ya no ve tus tropelías, y si alguien te ve en acción casi mejor reinicia el nivel: en esta fiesta todos corren como gamos menos tú, y jamás podrás alcanzarlo antes de que llegue al teléfono; algo que se agrava por el hecho de que a veces te entreguen a la policía sin razón. Algunos niveles son extremadamente fáciles, para otros necesitas tanta habilidad como suerte; el hecho de que muchas de las trampas que aparecen sean aleatorias no ayuda a esta sensación.

Ninguno de estos defectos llega a hacer que el juego sea malo, pero sí le impiden ser sobresaliente. Party Hard es una broma macabra muy divertida que habría dado para mucho más con sólo unas cuantas mejoras a la jugabilidad y un mayor compromiso con la narrativa. Aún así es un juego muy digno, un entretenimiento tan delicioso como perverso que echarle de comer al pequeño psicópata que tenemos dentro al que le encantaría tirar por la ventana a algún vecino de vez en cuando.

 

Sobre El Autor

Director de contenidos
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Me llamo Antonio Santo y nací en Málaga en 1985. Estudié (es un decir) Filología Hispánica en Granada, aunque desde que salí de la universidad (sorprendentemente, por mi propio pie) toda mi carrera profesional ha sido en prensa. En 2011 empecé a dedicarme al periodismo de videojuegos en Vadejuegos; un tiempo después me hicieron director de contenidos por mis pecados. Me han dado algún que otro premio por mi obra poética, lo que demuestra que hay gente para todo. Me gusta tocar música, los perros y la buena comida. Llevo sombrero para hacerme el interesante.

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