Cuando uno es padre, la cosa de jugar se complica, al menos durante los primeros años (me aseguran que en determinado momento uno recupera cierta libertad y dispone de más tiempo de ocio. Según mis cálculos, más o menos cuando mi hija vaya a la universidad). Aparte del hecho obvio de que un bebé requiere mucha atención, cuando ya empiezan a ganar cierta autonomía tampoco puedes ponerte a jugar mientras le echas un vistazo a la criatura: cuando mi hija me ve entretenido con el mando viene a ver qué hago, aprieta los botones (cuando no me lo quita directamente), cambia de canal la tele, tira de los cables… Es como vivir con un gato hiperactivo al que además no puedes encerrar para que te deje en paz un rato, por aquello de que lo quieres a rabiar y además está feo.

Aún así, uno saca tiempo. Normalmente robándoselo al sueño cuando la niña está ya dormida, se han terminado todas las tareas domésticas y ya no queda más que hacer. A veces incluso en una siesta del bebé, o porque está realmente muy entretenida con sus cosas y lo único que tienes que hacer es estar cerca para que no se intente tirar desde ningún mueble. Y todo esto no lo cuento porque quiera hablar de mi vida, sino porque realmente aquí hay un tema: no todos los videojuegos se adaptan bien a esa pauta de consumo, e intentar jugar a determinados títulos con un bebé en casa puede ser una experiencia muy frustrante. Es mejor hacerse a la idea de que por un tiempo tus hábitos tienen que cambiar y buscar juegos que se adapten a tus circunstancias. En resumidas cuentas, hoy vengo a hablar de juegos adecuados para padres, pero no por su temática o porque sean educativos, sino simplemente porque cuadran bien con la forma de vida de un padre reciente. Digo “padre” porque hablo desde mi punto de vista, pero obviamente esto es aplicable a padres, madres o a cualquier persona que esté al cargo de un bebé.

Algunos tiran de inventiva para compaginar paternidad y aficiones.

Algunos tiran de inventiva para compaginar paternidad y aficiones.

Para que un padre pueda jugar entre pañal y pañal, el juego debe ser disfrutable en sesiones cortas. Hay muchos juegos a los que no se puede jugar media hora, por la simple razón de que en ese tiempo no da tiempo a coger ritmo de partida o a avanzar lo más mínimo en la historia. En un sandbox, por ejemplo, es fácil perderse y que se te vaya el poquito tiempo que tienes sin que tengas sensación de haber avanzado nada. Un juego como Prey, que es tirando a difícil y requiere de tiempo para pensar, no es el mejor cuando uno dispone apenas de ratos sueltos. Es preferible un juego en el que nos dé tiempo a lograr algunos objetivos, aunque sean pequeños, para poder apagar la máquina sintiendo que hemos logrado algo.

Además, es preferible que no tenga muchísimo que leer, una historia muy compleja, arcos argumentales muy largos o sistemas de juego poco transparentes. Es difícil recordar todos los detalles en sesiones de juego tan cortas, y más teniendo en cuenta que igual juegas un día tres cuartos de hora y luego te pasas una semana que no puedes ni encender la consola porque tu hija está enferma y tienes un follón de cuidado. Para cuando vuelves a jugar ya ni te acuerdas de qué narices estabas haciendo en esta o aquella misión, qué hacen estos hechizos de tu personaje o por qué exactamente quiere matarte ese señor con bigote.

Tengo, por ejemplo, atascada desde hace dos meses una partida de Tempest: Tides of Numenera (por eso la crítica sigue pendiente). Aunque me está gustando bastante, el juego salió en un momento en el que simplemente no podía masticar tanta información, y después ha quedado sepultado por la actualidad de los triple A (lo acabaré pronto y escribiré sobre él, ¡lo prometo!). Sobre los sistemas de juego poco transparentes, se me ocurre el ejemplo de JRPG como Xenoblade y su sistema de fabricación de gemas y alquimia, con distintos tipos de daño y tropocientos modificadores para distintas piezas de equipo. Si te tienes que sacar una FP para entender qué hacen los cordones de tus botas, casi mejor pásate a otro juego.

Lo mismo ocurre con los que son muy largos: un juego que sabes que necesita 50 ó 60 horas para acabarlo, y 100 si quieres sacarle partido, ni te molestas en instalarlo porque sabes que acabarás perdiendo el hilo… o que para cuando te lo acabes ya habrán pasado tres generaciones de consolas y dos edades geológicas. Nadie puede discutir la calidad de juegos como GTA V o The Witcher III, pero si tuviera que ponerme con ellos ahora en mis ratos libres probablemente tardaría un mes en pasar el tutorial. Y ya mejor no hablemos de sandbox trufados de misiones de relleno: es muy frustrante sacar veinte minutos para jugar y gastarlos en hacer exactamente la misma misión de correveydile del día anterior.

Jugar a determinados títulos con un bebé en casa puede ser una experiencia muy frustrante

Finalmente, recomiendo también que sea un juego fácil de pausar. Puede que tu hija esté durmiendo, pero en cualquier momento puede romper a llorar porque tenga sed, le duelan los dientes, se le haya caído el chupete, se encuentre mal, necesite un cambio de pañal, se haya destapado y tenga frío o haya bajado la Bolsa de Berlín. En ese momento no es que tengas la obligación moral de dejar lo que estés haciendo para ir a atenderla: es que es tu instinto, y vas a soltar el mando y salir corriendo, tenga o no tenga pausa el juego; así que mejor que sea fácil de pausar y recuperar para evitar disgustos. Esto descarta automáticamente cualquier multijugador online, especialmente los juegos por equipos tipo Overwatch o League of Legends, a no ser que te dé igual que tus compañeros te hagan un muñeco vudú.

Dicho todo esto, tenemos un retrato robot del juego que un padre puede disfrutar: que no sea muy largo, que permita lograr objetivos en sesiones cortas, que no tenga una historia demasiado retorcida ni sistemas de juego incomprensibles, y que sea fácil de pausar. Con esta descripción parece que nos queda el Tetris, el Buscaminas y poco más, pero en realidad hay (afortunadamente) muchísimos juegos y géneros que se adaptan perfectamente al modo de vida ajetreado, cansado, ruidoso… y rabiosamente feliz de un padre reciente. No pretendo, eso sí, ofrecer una lista exhaustiva de cada género: seguro que cualquier lector puede citar muchos más ejemplos que vengan al caso, así que os invito a dejarnos vuestras recomendaciones en los comentarios o por redes sociales.

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Sobre El Autor

Director de contenidos
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Me llamo Antonio Santo y nací en Málaga en 1985. Estudié (es un decir) Filología Hispánica en Granada, aunque desde que salí de la universidad (sorprendentemente, por mi propio pie) toda mi carrera profesional ha sido en prensa. En 2011 empecé a dedicarme al periodismo de videojuegos en Vadejuegos; un tiempo después me hicieron director de contenidos por mis pecados. Me han dado algún que otro premio por mi obra poética, lo que demuestra que hay gente para todo. Me gusta tocar música, los perros y la buena comida. Llevo sombrero para hacerme el interesante.

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