Ayer Sony se subió al escenario para confirmar casi punto por punto lo que todos esperábamos: la revisión de hardware de la exitosa PS4. El PlayStation Meeting transcurrió por los derroteros esperados, como si el guión de la tarde lo hubieran escrito los rumores que nos han amenizado el verano. Un rediseño estético y del mando con PS4 Slim que sustituye al modelo original de la consola; un nuevo firmware que da soporte a la tecnología HDR; una PS4 Neo que al final se llama Pro (¿a quién le pareció buena idea llamar “pro” a un cacharro que sirve para jugar?) y con supuestamente el doble de potencia. Pare usted de contar: ni realidad virtual ni nuevos juegos.

Para glosar las virtudes de los nuevos modelos de PS4, Mark Cerny (arquitecto de la última generación de consolas de Sony) comentó que las explosiones de Uncharted 4 se verían más espectaculares que nunca. Como si alguien pudiera pensar que lo mejor, lo más destacable y digno de mención de Uncharted 4, son sus bonitas explosiones. Como si al aficionado a los videojuegos de a pie le interesara más el número de píxeles en pantalla que lo que se hace con ellos. Justo en ese momento fue cuando mi escaso interés empezó a buscar una cuerda para ahorcarse.

Por aquello de que esto es mi trabajo, me pasé el resto de la conferencia intentando encontrar una diferencia sustancial entre el antes y el después, una que se pudiera distinguir sin necesidad de gastarme una millonada en un televisor. Sí, se ven algo mejor, pero para una actualización de firmware no hace falta comprarse una consola nueva, y para disfrutar de las mejoras que promete PS4 Pro son necesarios un televisor del que mucha gente no dispone y juegos capaces de ofrecer esa pirotecnia extra. Son muchos condicionantes como para que alguien que ya tenga la consola se anime a un nuevo desembolso.

Y sobre todo, es un discurso puramente tecnológico, de continente sin contenido. Es normal por la parte que le toca a Sony: su negocio es vender consolas y televisores, y eso es lo que estaban haciendo ayer. Pero, ¿qué hacíamos allí los demás (y me incluyo)? Muy a menudo pedimos a la industria mainstream que no se estanque, que madure, pero a la mínima volvemos a hablar de resoluciones y megaherzios. Seguimos pegados a las características de la máquina, al cacharrito.

Mejores explosiones para Uncharted 4

No me imagino a los críticos de cine pegados a la pantalla para seguir una presentación de lectores de bluray, ni a una comunidad de melómanos emocionados ante una nueva generación de auriculares con soporte para una frecuencia de sonidos que, en cualquier caso, ningún compositor ha usado hasta ahora y ya veremos si usará en el futuro. Está claro que el videojuego es aún un medio joven y está lejos de alcanzar su techo tecnológico, pero me pregunto cuántos de los millones de usuarios que tienen una PS4 en casa están interesados en estos bailes de números y datos técnicos. Quizá poco a poco habría que ir pasando el discurso puramente tecnológico al asiento de atrás, mantenerlo en la trastienda para quien quiera entrar a preguntar por él, pero sin sacarlo a colación a la mínima oportunidad.

Luego está el otro problema, el gran elefante en la habitación: Sony ha roto (y Microsoft está en ello) el consenso de lo que es una consola, la estructura por generaciones. Por un lado, un usuario se compraba una consola y sabía que podía olvidarse de problemas en unos cuantos años; cualquier juego funcionaría bien sin preocuparse por drivers, extensiones o especificaciones técnicas. Por el otro, los estudios de desarrollo podían centrarse en crear una versión optimizada al máximo para una máquina única, sin preocuparse de problemas de compatibilidad ni de ofrecer un desempeño más o menos aceptable en un rango de potencias.

 ps4-slim

Las grandes consolas están intentando exprimir más al usuario copiando el modelo de fragmentación de producto del mercado de los móviles. Se olvidan de que los usuarios no buscan lo mismo en ambos sectores, que el teléfono lo usamos constantemente a diario mientras que la consola se percibe como un aparato exclusivamente de ocio (por mucho “Pro” que le pongan a la marca). Está claro que los smartphones y tablets aún no se pueden plantear sustituir a las consolas domésticas, pero a largo plazo son una amenaza real; si las consolas pierden su factor diferencial, si empiezan a venderse con actualizaciones constantes cada año o dos años, quién sabe si la gente no acabará prefiriendo el original a la copia.

Se olvidan también de que los problemas derivados de la división entre máquinas más o menos potentes y las actualizaciones constantes de hardware han sido siempre el principal problema del PC, un soporte que se ha dado por muerto muchas veces y que cada vez está más fuerte gracias a la distribución digital y al auge de los e-sports. Si esa ventaja de las consolas desaparece, muchos usuarios volverán sus ojos al ordenador: puestos a gastarte un dineral en un cacharro, que te valga para más cosas que jugar una partida por la noche.

La conferencia de ayer acabó entre bostezos, pero el futuro se ve muy borroso ahora mismo. Por supuesto, es muy posible que el público acepte esta fragmentación y se alcance un nuevo equilibrio. También puede ser que el intento no sea un naufragio pero tampoco un éxito, y las compañías den el experimento por fallido y lo aparquen hasta nuevo aviso. Pero también podría ocurrir que las grandes consolas se embarquen en una absurda carrera tecnológica que acabe por atragantar el mercado con más máquinas y modelos de las que puede absorber. Ya ocurrió una vez: el resultado fue un crack que sacudió la industria durante años.

Sobre El Autor

Director de contenidos
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Me llamo Antonio Santo y nací en Málaga en 1985. Estudié (es un decir) Filología Hispánica en Granada, aunque desde que salí de la universidad (sorprendentemente, por mi propio pie) toda mi carrera profesional ha sido en prensa. En 2011 empecé a dedicarme al periodismo de videojuegos en Vadejuegos; un tiempo después me hicieron director de contenidos por mis pecados. Me han dado algún que otro premio por mi obra poética, lo que demuestra que hay gente para todo. Me gusta tocar música, los perros y la buena comida. Llevo sombrero para hacerme el interesante.

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