Cuando hace poco más de un año se anunció que Nintendo iba a empezar a desarrollar para móviles el revuelo fue de cuidado. La noticia generó muchas dudas y hasta algo de cachondeo, y hubo quien lo consideró un síntoma más de la decadencia de la compañía, como una especie de rendición, un paso más hacia el declive. Otros muchos teníamos una opinión bien diferente; yo recuerdo con claridad un debate al respecto en la tertulia de Level Up! en el que dije que el declive de Nintendo no era tal, y que su desembarco en móviles iba a ser de aúpa.

Aunque el año pasado tuviera pérdidas por primera vez en su historia, Nintendo era un dragón dormido encima de una pila de oro gigante: sus propiedades intelectuales de incalculable valor. Un año después, pese a la desaceleración de 3DS, pese al obvio naufragio de Wii U, pese a su paso de puntillas por el E3 y los interrogantes sobre NX, las acciones de Nintendo vuelven a estar por las nubes. ¿Qué ha pasado? Lo esperable: el dragón ha abierto un ojo, ha alargado la mano y ha cogido una de las mayores joyas de su montón. Pokémon GO ya está en el mercado.

Pueden llamarnos la atención los detalles, pero había que ser muy ingenuo para sorprenderse por este éxito. Pokémon es una máquina de hacer dinero; es una franquicia que ha sabido conquistar nuevas generaciones de jugadores sin perder a las anteriores gracias al factor nostalgia; pero el éxito de Pokémon GO va más allá. Si lo miramos objetivamente descubrimos que no inventa la pólvora precisamente: la tecnología de la realidad aumentada ya se conoce desde hace tiempo; GO no deja de ser un lavado de cara de Ingress; y la idea de Pokémon GO ni siquiera es nueva, ya que Invizimals ofrece una mecánica muy similar. Y sin embargo el juego se ha convertido en un fenómeno social sin precedentes.

“Nintendo era un dragón dormido encima de una pila de oro gigante: sus propiedades intelectuales de incalculable valor”

Un juego de este tipo, como pasó con su predecesor Ingress (de cuya base de datos de lugares se alimenta Pokémon GO), depende enormemente de lograr atraer muy rápido a una comunidad de jugadores lo bastante grande y activa como para crear una “historia”, una sensación de mundo real, de estar formando parte de una multitudinaria aventura. Sólo una gran marca como Pokémon es capaz de garantizar algo así de entrada; y por sus propias características (se superpone sin problemas con el “mundo real”: no estamos hablando de convertir Calasparra en Tatooine), la realidad aumentada le va como anillo al dedo para generar una experiencia inmersiva apasionante. A poco que uno le suelte la correa a la imaginación, es complicado no acabar picándose para defender el gimnasio del barrio de atacantes.

El hecho de que haya que salir de casa e interactuar con otras personas para sacarle el máximo partido juega a su favor: Pokémon GO es una verdadera máquina de narrativa emergente. Es imposible jugar un rato sin que pasen cosas que tu cabeza convierte inevitablemente en una gran aventura personal. Las redes sociales están llenas de historias del juego, desde divertidas anécdotas en las que un señor de cuarenta años acaba charlando con unos chavales con mala pinta en un parque de madrugada, y entre todos instalándole el juego en el móvil al policía que paró para ver qué narices pasaba allí; hasta el emocionante testimonio de la madre de un niño con autismo que gracias al juego lograba salir a la calle y tratar con extraños. Ayer me contaba un amigo que por defender el gimnasio de su calle había hablado más con los chavales de su barrio que en los últimos diez años.

Por eso los mensajes enfadados de los aguafiestas en redes sociales son entre ridículos y patéticos, tanto por su incapacidad para empatizar con el disfrute ajeno (¿por qué siempre hay a quien le molesta ver a los demás disfrutando sin hacer daño a nadie?) como por su cortedad de miras. En los últimos días Pokémon GO ha hecho que mucha gente salga de casa, recorra su ciudad con más atención que nunca y descubra nuevos lugares, hable con desconocidos y haga nuevos amigos, y todo ello divirtiéndose inofensivamente. Salvo que quien lo critica esté componiendo una sinfonía mientras ve una película de Kurosawa y esculpe a Apolo y Dafne en mármol con los pies, haría mejor en cerrar el pico (pero no muy fuerte, no sea que se muerda la lengua y se envenene). Y sí, hay quien está haciendo el imbécil por el juego, pero la capacidad para hacer el idiota del ser humano es tal que, aunque los inevitables titulares alarmistas nos hagan gracia, tampoco deberían sorprendernos.

Hay otro elemento más prosaico: Pokémon GO es el primer éxito masivo de la realidad aumentada. Invizimals es un producto con excelentes números de ventas, pero no puede acercarse a la trascendencia de un fenómeno como Pokémon. Aunque prometedora, la tecnología de la realidad aumentada no terminaba de despegar, y parecía destinada a quedarse en la cuneta durante unos cuantos años más. El éxito de Pokémon GO, aunque imposible de replicar tal cual, sí demuestra que esta tecnología puede ofrecer una experiencia única como ninguna otra. En los próximos años sin duda veremos nuevos juegos y proyectos que, más allá de que tengan éxito o no, servirán para desarrollar más esta tecnología.

¿Y a dónde nos lleva esto? A que toda la actualidad de Nintendo parece tener ahora otra lectura. De repente Nintendo ya no parece perdida y envejecida, sino que vuelve a estar de moda, y NX ya no suena a un intento desesperado por recuperar vigencia. El futuro próximo de la Gran N y los rumores sobre un ecosistema mixto entre móviles y consolas se ven de otra forma cuando hay caza de pokémon de por medio. Nintendo vuelve a ilusionar.

Sobre El Autor

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Me llamo Antonio Santo y nací en Málaga en 1985. Estudié (es un decir) Filología Hispánica en Granada, aunque desde que salí de la universidad (sorprendentemente, por mi propio pie) toda mi carrera profesional ha sido en prensa. En 2011 empecé a dedicarme al periodismo de videojuegos en Vadejuegos; un tiempo después me hicieron director de contenidos por mis pecados. Me han dado algún que otro premio por mi obra poética, lo que demuestra que hay gente para todo. Me gusta tocar música, los perros y la buena comida. Llevo sombrero para hacerme el interesante.

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