Llegamos así al punto de partida, respecto al modo en que el troll hace mella en nosotros. También aquí se dan una serie de rasgos por los que seremos más susceptibles de caer en las redes del indeseable. Éste los conoce y por consiguiente se abstiene de incordiar a quienes nunca le han dado resultado: “Los trolls, a base de repetición de conducta, acaban dando con fórmulas para conseguir su propósito: obtener una reacción emocional de alguien que se siente herido o atacado. Esto es, si tu lanzas diez flechas al aire, es probable que aciertes una o dos en tu objetivo. La próxima vez, probablemente, lanzarás tus flechas en esa misma dirección. De esta manera los trolls acaban convirtiéndose en personas que tienen gran facilidad para provocar y causar respuestas en individuos vulnerables a sus ataques”.

“Todos podemos ser vulnerables, aunque no en la misma medida. Las personas que, por ejemplo, leen pero nunca comentan en los foros (en realidad una de las pocas actividades ‘neutras’ que uno puede hacer al entrar en Internet, y ni siquiera siempre), es menos probable que se sientan atacados por el comentario de un troll. En cambio, las personas que se trabajan los comentarios (con el esfuerzo que supone), que buscan una interacción sincera de intercambio de opiniones o de experiencias agradables a través del contacto online, son más susceptibles de reaccionar ante un ataque troll. Pero, por encima de todo, son los propios rasgos de personalidad los que nos hacen más vulnerables a los ‘depredadores’. Las personalidades obsesivas, neuróticas, inmaduras y narcisistas son más propensas a reaccionar frente a los comentarios de un troll de la forma en que éste espera”.

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Algunas personas entienden (erróneamente) Internet como un espacio íntimo. Cualquier intromisión desencadena reacciones emocionales muy intensas.

Resulta paradójico, no obstante, que nos afecten en mayor medida las palabras de un desconocido que las de nuestra familia o amigos. Existe explicación igualmente: “Cuando, en la vida real, interaccionamos con otras personas, asumimos que estamos realizando un acto ‘público’ y que el otro puede reaccionar o comentar de una forma que nos disguste. Para mucha gente el escribir o jugar en Internet con su ordenador o su teléfono móvil puede tener connotaciones de acto íntimo, relajado o de ocio. Cuando alguien irrumpe en ese espacio que creemos propio (aunque en realidad no lo sea), especialmente si nos pillan desprevenidos, podemos vivirlo como una intromisión que origine reacciones emocionales muy intensas”.

La premisa no cambia en el terreno de los juegos online, donde Knecht despeja el supuesto de que los trolls carecen de habilidad a los mandos: “Las motivaciones del troll serían prácticamente las mismas que en otros tipos de interacción online: romper las reglas del juego causando malestar a los demás. El juego en sí les suele dar lo mismo. Ojo, pueden ser incluso buenos jugadores, pero su objetivo no es llegar lo más lejos posible, sino tener personajes o equipamiento superior al de otros usuarios para entorpecerles”.

El troll no tiene porqué llevar una vida fracasada o ser poco habilidoso a los mandos, al contrario

Inevitable preguntarse en última instancia cuál es el mejor método para neutralizar el envite de turno. La respuesta es aquello de no hay mayor desprecio que no hacer aprecio: “La mítica frase Don’t feed the troll es absolutamente cierta. No es que con eso vayamos a ‘destruirle’ (por desgracia), pero es la única manera de que una persona que reúne los rasgos de personalidad descritos pueda parar. Ningún argumento convencerá al troll sádico de que pare; al contrario, intensificará sus ataques. También lo hará inicialmente cuando se le ignore, intentando captar la atención con más ímpetu, pero buscará otras ‘presas’ si se le sigue ignorando sistemáticamente”.

“Siempre es recomendable reportar la situación a moderadores o responsables de la página (aunque nunca de manera pública, para evitar que perciba haber causado daño). Además, en toda interacción online suele ser bueno que nos conozcamos a nosotros mismos: revelar información personal o biográfica solo es buena idea si estamos seguros de que nos importará poco o nada el que alguien se mofe de ella. Si somos de los que nos tomamos a nosotros mismos o nuestra propia opinión demasiado en serio, mejor no subirla a un sitio donde todo el mundo la puede criticar, incluso aunque no tengan argumentos para ello”.

Pensemos que el troll ni “sufre en silencio” por su condición, ni busca ayuda profesional, pues su comportamiento no le supone problema alguno. Desmitifica sus ataques con la excusa de pasar un buen rato, a veces tirando de humor. Ahí radica la clave de todo a fin de cuentas: “Ser capaces de reírnos de nosotros mismos es un factor de protección ya no solo frente a los trolls, sino en general frente a la estupidez humana”.

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Obviar las ofensas en Internet es el mejor método para neutralizar a cualquier troll, retroalimentado por las consecuencias de sus actos.

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Sobre El Autor

Redactor Jefe

Licenciado en periodismo por la Universidad de Málaga, siempre con el propósito de especializarse en ocio electrónico y nuevas tecnologías. Actualmente reside en Madrid, donde ejerce como Jefe de Redacción para esta revista. En su década de experiencia ha prestado servicio a grupos de referencia como Axel Springer (Hobby Consolas), Dixi Media (La Información), Gamereactor (división española) o Hipertextual (Ecetia, AppleWeblog y ALT1040).

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