Mis primeras experiencias frente a un ordenador se remontan a Windows 3.11 en un 486. Recuerdo las farragosas instalaciones desde disquete, las partidas entrecortadas y los reseteos continuos. Frustración en toda regla que de alguna manera me apartó de la master race.

Me convertí en defensor a ultranza de los sistemas de entretenimiento dedicados, máxime tras recibir aquella Game Boy el día de mi séptimo cumpleaños. Desde entonces he practicado el refinado arte de insertar cartuchos o deslizar compactos para jugar en cuestión de minutos, mucho antes de que los discos duros equiparasen la experiencia de consola con la del PC.

A raíz de una dubitativa nueva generación, no pocos se animan a encender sus monitores con propósito distinto del ofimático. ¿Y si me hacía con un equipo exclusivamente para jugar? Los tiempos han cambiado y las ventajas son muchas, desde lo económico hasta la facilidad de confguración bajo el seno de las múltiples plataformas digitales. La convergencia entre Windows 10 y Xbox One terminó por convencerme: streaming, juego cruzado, compras interplataforma…

Quise volver al redil por la puerta grande, con un Core i7 4790K a 4.0 Ghz, 16GB de RAM DDR3 y gráfica GTX 970 con 4GB de memoria DDR5. La idea era superar por mucho el rendimiento de PlayStation 4 y Xbox One, de forma que la torre ejecutase la mayoría de juegos multiplataforma. Doce semanas después constato mi metamorfosis como videojugador:

Diógenes digital

Una confesión: mucho antes de volver a Windows (Mac sigue siendo mi entorno de trabajo), no perdí la ocasión de hacerme con un buen puñado de títulos en los sucesivos Humble Indie Bundle. No tenía cómo jugarlos, pero la posibilidad de agenciarte imprescindibles a precio de conveniencia resulta irresistible. Caí redondo al abrir el cliente de Steam para activar los códigos amasados durante años. Mi biblioteca superaba fácilmente el centenar de títulos, la mayoría independientes a los que jamás dedicaré más de varios minutos. Algunos tan siquiera serán ejecutados.

Este síndrome de diógenes viene propiciado por el alzamiento de lo digital, formato al que siguen reacios los usuarios de consola. Pocos equipos integran unidades lectoras hoy día, dada la oferta descargable a precios harto competitivos. Las plataformas digitales dejan comprar a golpe de click y orquestan campañas de oferta periódicas con novedades a mitad de precio o clásicos por céntimos.

Uno acaba por pensar en los juegos como coleccionables de una estantería virtual, más que como software disfrutable. Porque importa más adquirir una franquicia al completo que haberla jugado.

Online por la patilla

Nunca me ha gustado jugar en línea. Tampoco es que las partidas con amigos me entusiasmen especialmente, dado mi nulo carácter competitivo. Siempre he pensado en los juegos como tramas que recorrer de principio a fin; a experimentar individualmente. El juego online de pago en Xbox One y PlayStation 4 fue la gota que colmó el vaso.

Luego desembalé mi torre y, con el atractivo superfluo de no apoquinar por lo que tantos usuarios sí, di otra oportunidad a las refriegas multijugador. Sumémosle que mi número de amigos en Steam quintuplica al de Xbox Live o PlayStation Network. La variedad de géneros, estabilidad de servidores y facilidad para encontrar partida hicieron el resto.

Aunque sigo siendo un lobo solitario, disfruto saliendo con la manada alguna noche que otra.

Curiosa contradicción esto de jugar con ordenadores: lo mismo te fustigas por una ralentización que te emocionas con seis píxeles mal puestos

Obsesión por los frames

Maldito el día en que descubrí el contador de frames por segundo desplegado por Steam en la esquina superior derecha. Antes me quedaba absorto en los escenarios de Wild Hunt, ahora los atravieso al trote para comprobar cuánto baja la cifra.

Siempre me han ofuscado las comparativas de resolución y tasa de frames. Ahora disfruto sabiendo que juego con todos los ajustes gráficos al máximo y sufro al pensar que esa ralentización puntual se deba a la incapacidad de mi hardware. Supongo que cuando inviertes tanto dinero en una configuración, te aterra pensar que no lo has hecho convenientemente.

Me preocupa convertirme en un graphic whore supino, que mira antes que juega. También comienzo a padecer la nula optimización de muchas superproducciones, mejor rematadas para consolas por los nimios ingresos de la versión para PC. Cabría hablar aquí de la ferviente piratería y los precios cuasi imposibles de las controvertidas tiendas de códigos.

Consolas: cuestión de exclusivas

Mis Xbox One y PlayStation 4 se han convertido en suertes de Wii U: tan sólo se encienden para disfrutar con alguna de sus exclusivas. Todo multiplataforma he pasado a jugarlo, más económico y con mejor rendimiento (salvo terribles excepciones) en PC.

Mis colecciones de consola se limitan así a próximos Forza, Halo, Super Mario y Uncharted, lanzamientos muy esporádicos que apenas justifican inversiones cercanas o superiores a los 400 euros. Precisamente por ello, uno acaba prestando atención a first-party menores como pudiera ser Until Dawn o, visto lo visto, The Order: 1886.

Habituarse a lo descargable en compatibles también ha repercutido en este caso, de forma que uno tiende a obviar fechas de lanzamiento para hacerse con tal o cual título en la campaña digital turno.

Apnea independiente

Los desarrollos independientes han conseguido un puesto predominante en el catálogo de consola. Sony, Nintendo y Microsoft pugnan por los representantes más destacados de la escena, hasta el punto de cederles muchos minutos en sus grandilocuentes conferencias de prensa.

El fenómeno es tan añejo como el propio PC, donde uno encuentra toneladas de proyectos experimentales con los que perder las horas. Aproximaciones a temáticas poco frecuentes en ocio electrónico, como el acoso escolar, la depresión o la homofobia. Aunque creí que pasaría la mayor parte del tiempo inmerso en superproducciones, no ha sido así.

Invierto tardes enteras bajo las aguas de este océano indie, entre críticas voraces al sistema educativo estadounidense o en la disyuntiva de aconsejar a personajes decididos a cometer suicidio. Curiosa contradicción esto de jugar con ordenadores: lo mismo te fustigas por una ralentización que te emocionas con seis píxeles mal puestos y tres líneas de diálogo.

Sobre El Autor

Redactor Jefe

Licenciado en periodismo por la Universidad de Málaga, siempre con el propósito de especializarse en ocio electrónico y nuevas tecnologías. Actualmente reside en Madrid, donde ejerce como Jefe de Redacción para esta revista. En su década de experiencia ha prestado servicio a grupos de referencia como Axel Springer (Hobby Consolas), Dixi Media (La Información), Gamereactor (división española) o Hipertextual (Ecetia, AppleWeblog y ALT1040).

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