Hay momentos que se le quedan grabados a uno pase el tiempo que pase. Momentos vitales, pero también de ficción: momentos que sentimos como propios y recordamos con más detalle que sucesos de nuestra propia historia a pesar de no haberlos vivido.  Con el paso de los años estos momentos reales se terminan mezclando con la propia ficción a la hora de recordarlos o, mejor aún, contarlos. Contar es ficcionalizar cualquier suceso pasado. What Remains of Edith Finch se mueve continuamente entre el recuerdo y el relato haciendo indistinguible uno de otro y convirtiendo su reflexión en un hito dentro del medio.

Cuando leí por primera vez 100 años de soledad sentí que se trastocaba mi concepción de la literatura y del propio acto de contar. No podría decir que el realismo mágico marcara mi vida y me obsesionara, pero sí hizo clic a cierto nivel. Fue una de las primeras veces en que, al menos de forma consciente, sentí que el cómo se cuenta algo puede ser mucho más importante que el qué, y que la imaginación a la hora de recordar algo tiene el mismo peso, cuando no más, que el hecho en sí. Poner por delante el recuerdo ficcionalizado y obviar conscientemente cualquier apego con la realidad cotidiana se convertía en una herramienta válida incluso fuera del llamado realismo mágico.

Lo mismo me sucedió, y que me perdonen muchos, cuando vi Big Fish por primera vez. De nuevo la manera de recordar y engalanar una vivencia se ponía por delante de la vivencia en sí. Estas ficciones conectan profundamente con mi propio día a día; para alguien que ha sufrido terrores nocturnos durante su infancia, fueron toda una revelación. Pasar las noches en vela, aterrorizado, por algo que a todas luces no existía ni estaba allí conmigo ya era algo bastante duro. Sin embargo, era igual de duro, en aquellos años de infancia, ser incapaz de separar esa ficción de la realidad. Contar mis terrores nocturnos era un acto de invención y recuerdo a partes iguales porque ni siquiera hoy, muchos años después, puedo separar la imaginación de lo real a la hora de contar mi experiencia.

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What Remains of Edith Finch trajo todo aquello de vuelta y me puso de nuevo en mi sitio. La comparación con García Márquez y 100 años de soledad no es baladí y el título de Giant Sparrow es, quizás, uno de los primeros acercamientos al realismo mágico dentro del mundo del videojuego como mecanismo narrativo junto con Kentucky Route Zero. A esa forma de contar la realidad a través de los ojos de un cuenta cuentos. Una celebración de la vida a través de la propia muerte de los Finch a lo largo de sus cien años de historia y las muertes de todos y cada uno de sus miembros.

Al igual que en la novela de Márquez, conocemos aquí a los miembros de una peculiar familia y asistimos a los relatos de su vida y de su muerte. Esto es importante: asistimos a sus relatos y no a sus historias porque somos testigos de sus propias interpretaciones de sus vidas y no de los hechos en sí. La historia es aquello que sucede, en orden cronológico, con un principio y un fin claros, y el relato es la estructuración propia del simple acto de contar una historia. Estos relatos pasan por el prisma mental y narrativo de diferentes personajes y nosotros somos meros oyentes activos de estas historias.

El acto de contar es vital en el juego y hace de él su principal tema. Sí, se habla de la vida y de la muerte, se habla de la familia, se habla de los buenos y los malos momentos en compañía de tus seres queridos… pero en el fondo todas estas historias giran alrededor del acto de contar y transmitir. El cómo enfrentarse a un suceso tan traumático como la muerte de un familiar. La historia de cada uno de los Finch se nos cuenta de una manera determinada y nosotros recogemos, una por una, estas visiones sin ninguna posibilidad de contrastarlas con la realidad.  Debemos realizar cierto acto de fe y creer (o no) aquello que nos cuentan.

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