Hace unos días saltaban todas las alarmas ante el anuncio por parte de WhatsApp de ciertos cambios en sus términos y política de privacidad. Todos los medios se hacían eco de la noticia: WhatsApp anunciaba que iba a empezar a compartir con Facebook los números de teléfono de sus usuarios, las últimas horas de conexión y la media de uso de la aplicación. Era la primera vez en cuatro años que WhatsApp modificaba sus términos.

Antes de rasgarnos las vestiduras, creo que es necesario explicar algunos conceptos. Para empezar debemos tener en cuenta que Facebook compró WhatsApp en 2014 convirtiéndola en su filial. Esto es, el servicio de mensajería pertenece a la compañía de la omnipresente red social y, sobre el papel, compartir sus bases de datos no supone ilegalidad alguna. En segundo lugar, WhatsApp ya ha asegurado que su servicio va a continuar siendo libre de publicidad y que, en todo caso, nuestros datos se usarán para temas publicitarios dentro de Facebook.

Por último, y bastante importante, WhatsApp ha añadido una opción para evitar que tus datos se compartan. A efectos prácticos esto no significa que el servicio de mensajería y la red social no puedan cruzar datos, pero sí limita el uso que pueden hacer de los mismos. También es importante recalcar que la Agencia Española de Protección de Datos está estudiando el tema por si alguna de las dos empresas (o ambas) estuviesen incurriendo en algún tipo de falta.

Explicado esto creo que deberíamos ahondar en lo que a nuestra privacidad en Internet se refiere. Me he quedado atónito viendo como cientos (sino miles) de usuarios indignados vociferaban en diferentes redes sociales (lo que no deja de ser irónico) que este movimiento de WhatsApp era la gota que colmaba el vaso. Se preveían miles de bajas voluntarias tanto del servicio de mensajería como de la famosa red social.

Paulo-CoelhoComo es obvio, nada de esto ha ocurrido, pero es un tema que ha llamado poderosamente mi atención por la vehemencia con la que muchos usuarios han tratado el tema y lo preocupadísimos que se han mostrado, sin considerar cuestiones mucho más importantes sobre privacidad en Internet. Para empezar, algo a lo que seguimos sin prestar atención pero que luego no dudamos en denunciar: cada aplicación de mensajería, red social o cualquier otro tipo de web o app tiene sus propios términos de uso y políticas de privacidad. Cuando aceptamos éstos sin tan siquiera habérnoslos leído ya incurrimos en la primera metedura de pata. ¿Quieres proteger tu intimidad en Internet? Me parece correcto, pero antes de abrirte una cuenta en Facebook o Instagram y ponerte a colgar fotos como si no hubiera un mañana, léete sus condiciones de uso para evitar sorpresas desagradables.  

Me cansa la sucesión de mensajes en muros de Facebook “prohibiendo” a la compañía de Mark Zuckenberg hacer nada con su información o sus fotos según la Ley X de fecha Y. Ley que por supuesto no existe o no aplica, pero que el usuario no duda en repetir cual cacatúa, pues para eso usa un servicio ajeno y privado como a él le sale de los mismísimos. Hay usuarios hechos de otra pasta supongo, para los que no aplican términos ni condiciones…

Segundo, ¿cuántas veces damos nuestros datos (nombre completo, dirección, email, teléfono y hasta DNI) para darnos de alta en páginas de dudosa seguridad sólo para hacer una compra online y no volver nunca más? Eso por no hablar de webs de contactos o páginas de descargas… ¡Eh! No pasa nada, ahí podemos entregar todos nuestros datos sin ningún problema. Pero que ni se le ocurra a una empresa filial facilitarle mi número de teléfono a su matriz. ¡Por cierto! Número de teléfono que en muchísimas ocasiones Facebook ya tiene porque nosotros mismos se lo hemos facilitado (aunque no sea de dominio público en nuestro perfil).

Screenshot_2016-08-26-14-37-55No hace mucho saltó a la palestra otra nueva polémica (y ya van…) con Pokémon Go debido a un acceso no notificado por parte de la app a gran parte de nuestra información de la cuenta de Google. Niantic no tardó en aclarar que se trataba de un error de programación y que ya estaban trabajando en solucionarlo. No he visto a nadie quejarse de ello (al menos no tanto), ni se han encendido antorchas en contra de Google.

Que vivimos en la época del postureo y el cuñadismo es algo que ya nadie pone en duda. El problema real radica en la ignorancia de gran parte de los usuarios a la hora de hacer uso de los diferentes servicios. La gente, en general, ignora los mecanismos que se ponen en marcha cada vez que le damos like y compartimos esa maravillosa publicación donde aseguran tener que sortear cien PlayStation 4 que vienen de ‘vaya usted a saber’ qué feria y ya no pueden ser vendidas. Cada vez que hacemos esto (publicamos una cadena de una niña con cáncer o compartimos frases filosóficas atribuidas al señor Coelho) se activan unas serie de algoritmos que, básicamente, permiten dos cosas: crear gigantescas bases de datos con nuestra dirección de correo electrónico para luego ser spameados sin que nadie se sonroje y, en segunda instancia, alimentar el ego del creador del hoax de turno. Bien por nosotros.

Como es obvio, todo el texto lleva inherente cierto tono satírico y es que, no seré yo quien entre a juzgar lo que cada cual haga en su vida en general y en sus redes sociales en particular. Sí  veo necesario llamar la atención ante una práctica demasiado común y extendida, cuando apenas tardamos milésimas de segundo en llevarnos las manos a la cabeza ante un cambio como el anunciado por WhatsApp. De no haberse generalizado en toda la prensa, casi nadie se hubiera molestado en leer al recibir la notificación de turno. Aceptar y para adelante, como los de Alicante.

Si realmente queremos proteger nuestra privacidad e intimidad tenemos varios métodos para hacerlo. El más radical sería borrar todas nuestras cuentas de redes sociales, aplicaciones de mensajería, Google y cualquier otra web en la que estemos dados de alta. También existen tutoriales para que el archiconocido buscador se ‘olvide’ de nosotros. Esta opción, aparte de casi virtualmente imposible, implicaría ‘desaparecer’ virtualmente del mundo y dejar de usar aplicaciones y servicios web que, también hay que decirlo, nos ayudan mucho en nuestro día a día.

“¡Ni se le ocurra a una filial facilitarle mi número de teléfono a su matriz!”

La opción más lógica es ser sensato, analizar minuciosamente lo que publicamos, dónde lo publicamos y bajo que términos. Basta con aplicar una sencilla regla: no cuelgues públicamente en tus redes sociales nada que no te gustaría mostrar en una entrevista de trabajo. Así de sencillo. Evalúa las opciones de privacidad de tus redes sociales y verifica qué contenido quieres que sea de dominio público. Averigua todo lo que puedas de una web antes de darte de alta, empezando por comprobar en la barra de direcciones de tu navegador si dicha web está encriptada y a qué nivel. Recuerda que, una vez dentro del mundo virtual que supone Internet, siempre habrá cierta disposición a quedar expuestos, por más cuidadosos que hayamos sido con nuestra privacidad.

Si aceptas las reglas del juego y tienes dos dedos de frente podrás ahorrarte un jersey nuevo por haberte rasgado las vestiduras ante algo que, ni es tan grave, ni se ha hecho de forma sibilina.

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