En El libro de los abrazos, Eduardo Galeano escribe la historia de un misionero que llega a una tribu perdida en no sé dónde para convertirlos al cristianismo. El cacique de la tribu, al oír la prédica del sacerdote, responde: “eso rasca. Y rasca mucho, y rasca bien. Pero rasca donde no pica”. Pues más o menos ésa es la sensación que tengo con todo esto de Xbox One Scorpio, sus especificaciones técnicas y lo que de ellas podemos deducir: Microsoft rasca, sí, pero rasca donde no pica.

No cabe duda de que Scorpio supone un salto importante en potencia técnica: se habla de un 30 % más que PS4 Pro, algo ya casi más cerca de toda una nueva generación que de una actualización de hardware. No vamos a volver a repetir el debate sobre este invento de las “consolas intergeneracionales”; aceptaremos que ya son un hecho, para bien o para mal, y sólo el tiempo dirá si la idea cuaja o si volvemos al modelo de generaciones con un ciclo de vida más o menos largo. El asunto es que Microsoft va por detrás de Sony en esta generación, y bastante; y añadirle caballos al motor no parece el remedio necesario.

Scorpio no va a ser capaz de reducir la distancia entre Xbox y PlayStation, o al menos no por sí sola. Es cierto que en los primeros meses de esta generación se habló mucho de la diferencia de potencia entre Xbox One y PS4, con aquellos cacareados 900p de resolución de tantos juegos; pero éste fue sólo uno de sus problemas. Los flagrantes errores de comunicación y las decisiones erráticas en áreas clave como la conexión permanente dieron una ventaja inicial a Sony que se ha alargado más y más por la gran clave de todo este asunto: la falta de juegos exclusivos ilusionantes en la consola de Microsoft. Y esos juegos no van a aparecer sólo porque la nueva consola sea más potente.

Será mejor no engañar a nadie: por sí sola, la mejora técnica de Xbox One Scorpio, si bien llamativa, no supone gran cosa necesariamente. Las famosas resoluciones 4K requieren de un televisor que no mucha gente tiene aún y que no es precisamente barato; y los juegos ya lanzados, si bien pueden mejorar algunas áreas de su rendimiento, no van a dar un salto tan grande por la simple razón de que no fueron diseñados para ello. Pueden mejorar algunas resoluciones en aquellos juegos que estuvieran reescalando hacia abajo, mejorar la tasa de fotogramas por segundo, lucir mejor en determinados detalles de iluminación… puntos que se agradecen, claro, pero que no van a cambiar sustancialmente la experiencia de ningún juego.

La Scorpio necesitará de juegos exclusivos para lucirse: en una carretera normal, un Ferrari no sirve para gran cosa. Microsoft sigue teniendo exactamente el mismo reto que antes: dar con la tecla con sus first parties y lanzar juegos de alto nivel, y no entregas menores, de sus franquicias más importantes; y lograr enamorar a alguna third party para obtener exclusivas, siquiera temporales, con las que convencer a los aún indecisos. Se me ocurren pocos juegos en el horizonte lo bastante potentes como para suponer un golpe de efecto capaz de cambiar la tendencia del mercado por sí solo. Salvo que Microsoft se las apañe para que Red Dead Redemption 2 salga antes para Xbox One (es impensable que obtengan una exclusiva total), en esta generación parece ya difícil lograr reducir la distancia de forma significativa.

Y por si fuera poco, el lanzamiento de Scorpio supone un problema añadido para Microsoft: la tensión que supondrá tener que desarrollar títulos potentes que aprovechen las capacidades de Scorpio sin que su rendimiento sufra en Xbox One para no alienar a sus actuales usuarios. En los juegos propios sí podrá desarrollar dos versiones, pero a ver cómo logran convencer a una third party. Quizá estemos en la práctica ante una nueva generación, sólo que completamente retrocompatible y con una transición suave para evitar las iras (justificadas) de quien se gastó cientos de euros hace sólo tres años y medio. Veremos en el próximo E3 qué ases se guarda Microsoft en la manga, si es que tiene alguno. Por ahora, si esto es todo lo que hay, la Scorpio es mandar al gimnasio a alguien con gripe, confundir músculo con salud.

Sobre El Autor

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Me llamo Antonio Santo y nací en Málaga en 1985. Estudié (es un decir) Filología Hispánica en Granada, aunque desde que salí de la universidad (sorprendentemente, por mi propio pie) toda mi carrera profesional ha sido en prensa. En 2011 empecé a dedicarme al periodismo de videojuegos en Vadejuegos; un tiempo después me hicieron director de contenidos por mis pecados. Me han dado algún que otro premio por mi obra poética, lo que demuestra que hay gente para todo. Me gusta tocar música, los perros y la buena comida. Llevo sombrero para hacerme el interesante.

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